Requiem para El Chamuko

Su lápida solo va a decir la fecha, porque no se le podría poner ni nombre. Poco después de las 4 de la tarde de este martes, el diablo se fue al diablo. El Chamuko pateó el balde, colgó el tridente. Se inmoló a la inversa: apagándose.

Con una seguidilla de tuits, el personaje anónimo más conocido de la web criolla anunció que “se retira” de las redes. Su vida fue corta en años-humano pero larga y fructífera en años-bloguero. Así empezó en 2007 en pleno auge de los blogs con su publicación El infierno en Costa Rica. Más tarde, con la explosión de Facebook y Twitter, el El Chamuko se volvió mucho más grande que su propio infierno.

Lo que nació envuelto en las más santas intenciones como una plataforma de denuncia para perseguir la corrupción, mutó en un personaje con una marcada agenda política y politiquera. El Chamuko publicó por igual denuncias de claro interés público, como quejas y pleitos de patio de interés mucho menos claro.
Denuncias falsas o flojas, chismes infundados e intrigas malintencionadas, también formaron parte de la turbia agenda. Todo marcado por el anonimato del autor, y un paupérrimo trabajo de comprobación y verificación.

Sus últimos días no fueron los mejores. Algo pasó, y quien haya seguido la evolución del personaje lo habrá notado. El Chamuko estaba poseído; pero nadie sabe por quién. ¿Verdad?

Como los tiempos de Dios, los del diablo también son misteriosos. El timing de su retiro no se puede pasar por alto: el mae canta viajera en medio de uno de los escándalos políticos más sonados que recuerde nuestra generación. Con el cementazo, el Chamuko no hizo fiesta; guardó silencio. Para terminar de atizar el fuego, su compadrazgo con Celso Gamboa ha sido evidente en la red desde hace años. Está claro que, como en el circuito judicial, en Cuesta de Moras, y en Zapote, Celso tenía en el infierno un servil porrista.

Este martes, entre sus últimas palabras le dedicó algunas a Delfino. “Siempre quiso ocupar mi lugar”, escribió el Chamuko. ¡Vaya ganga! Y aprovechó para soltar veneno: “Por ese respeto no publiqué una denuncia que pasó un cercano a él, por ser del ámbito personal”. Y es esa línea la que lo retrata: El Chamuko acabó sus días como un vulgar chantajista, un bully envalentonado por su anonimato cobarde.

No se le va a extrañar. Ni a él ni a sus “buenas” intenciones, que de eso está lleno el camino al infierno.

Publicado por Delfino.cr

El video de “Carta a mí mismo cuando tenía 20 años”

Esto me hizo feliz. Y me sacó las lágrimas.

El ultrapopular videoblogger mexicano Alan Estrada (Alan x el mundo) me pidió mi texto “Carta a mí mismo cuando tenía 20 años” para su video de cierre de año. Se lo topó en la web hace meses, me contó hace unas semanas.

Alan no solo lo locutó con sensibilidad, sino que lo montó sobre las imágenes de sus infinitos viajes de los últimos meses.

Publiqué “Carta a mí mismo…” originalmente en La Nación en 2014 y fue la 3era publicación más leída de nacion.com en todo el año. Luego fue reproducido por El Tiempo de Bogotá, Excelsior de México y múltiples blogs de América Latina.

El video de Alan me paró cada pelo. Me emocionó. Y me alegra tanto. ¡Qué viaje tan estupendo han tenido esas palabras! Que meses y meses después siguen llegando a otros destinos. ¡Qué bonito!

No más Tinta Fresca

Les quiero compartir que mis textos no se publicarán más en la Revista Dominical de La Nación.
Estos 3 años en Tinta Fresca fueron una invaluable experiencia que me obligó a ensayar ideas sobre temas muy diversos, pero sobre todo me dio perspectiva sobre la variedad de opiniones y posiciones que conforman el espectro de la opinión pública, cuando se ventila a través de un medio de comunicación masivo, generalista, y tradicional.
Dice el lugar común que nunca hay que decir nunca. Pero cualquiera que sepa leer los signos de los tiempos podrá concluir, como yo, que probablemente este fue mi último vínculo con La Nación. Se trata de un periódico al que respeto profundamente, y con el que –movido por ese respeto- he sido siempre crítico, y también agradecido.
Agradezco a cada uno de los editores y directores que durante los últimos 13 años me han confiado distintos espacios y proyectos, en un medio para el que nunca trabajé formalmente, pero que me permitió crecer, ejercitar estilo, expresarme siempre con libertad, y meter las patas de vez en cuando. Gracias a Juan Fernando Cordero, Eduardo Ulibarri, Gina Polini (q.e.p.d.), Maricel Sequeira, Luis Rojas, Yanacy Noguera, Larissa Minsky, Víctor Fernández y Yuri Jiménez.
Me llena de satisfacción haberle dado a Tinta Fresca piezas potentes cuyo millaje hace que sigan dando vueltas por la web aún hoy. Especialmente me complace haber compartido el espacio con amigos queridos, y arrolladores talentos de mi generación, como Adriana Sánchez, Diego Delfino y Margarita Durán.
Gracias sobre todo a ustedes que leen, comparten, critican, y hacen que el que escribe tenga que hacerlo cada vez mejor.
El periodismo de opinión me apasiona desde antes de saber que era una forma de hacer periodismo. Seguiré escribiendo y publicando porque es la mejor forma que he encontrado para aprender, compartir, y comprender. Escribiré sobre comunicación estratégica, emprendimiento, y la aventura de hacer empresa, así como sobre asuntos más míos, en este sitio.
En los primeros meses de 2016 estaré feliz de compartirles una nueva propuesta informativa móvil en la que hemos invertido meses de trabajo y conceptualización. Ya llegará su momento.
Todo lo demás es lo que hago todos los días junto a un talentosísimo equipo en BigWebNoise, nuestro emprendimiento que ahora es una sólida agencia de estrategia digital para la que vienen grandes noticias; y que experimentará a principios de año una serie de ambiciosos cambios, en un ecosistema -el de la comunicación- en el que lo único que es permanente es evolucionar. O no.
El futuro será apasionante 😉

La ciudad y los carros

Mi amiga Dani vive en Guayabos de Curri y trabaja en El Coyol de Alajuela. Todos los días maneja de ida y vuelta, un promedio de 3 horas en total. Semana a semana, casi siempre los viernes cuando hablamos, Dani me recuerda que se quiere matar. Lo dice como una broma cruel pero sabe que ya lo está haciendo: con cada hora pico, se le va un poquito de vida.
Daniel hace la ruta inversa. Viaja entre La Guácima y Tejar. Si uno saca la cuenta, “el negro” –para los amigos- pasa encerrado en el carro el equivalente a la mitad del tiempo que pasa trabajando. No es casual que en la mitad de las fotos de su Instagram salga con el cinturón puesto.
Sus historias cotidianas son como las de casi cualquier habitante de la GAM: salimos de casa todos los días a lidiar con una bomba de tiempo, la insostenible pesadilla del caos vial. La penitencia que purga el pecado original de haber nacido en una ciudad fallida.
¿Habrá una forma más miserable de desperdiciar la vida, que atrapado en el tráfico? Peor aún, porque las presas no solo nos hacen miserables, nos hacen menos productivos, menos tolerantes, menos felices; menos tiempo, menos tertulia, menos peli, menos café, menos abrazo.
Desamparados rogamos por obras, como si otro carril nos fuera a hacer el milagro. A más calles, más carros, y menos ciudad para su gente. Nuestra capital es una ciudad en la que solo se existe manejando. Hicimos de San José una ciudad de carros.
Los peatones, los ciclistas, ¡los buses!, el tren, todos son estorbos para el legítimo ejercicio del Derecho al Carro. La máquina individual por encima del ciudadano, y del colectivo. ¿No es increíble? ¿Hasta dónde vamos a permitir que llegue el colapso metropolitano, antes de entender que elegimos la ruta incorrecta?
Los sistemas de transporte colectivo no solo son una solución inteligente al reto de la movilidad urbana, sino que se convierten en arterias por las que lo que fluye es ciudadanía. Desestimular el uso del carro particular con opciones de transporte eficiente, limpio y seguro, crea nuevos espacios de convivencia, nuevas dinámicas de tolerancia y colaboración, hace a la gente más gente y a la ciudad más ciudad.
Lo que sigue es solo una consecuencia: se despeja el espacio para los peatones, para las ciclovías, para nuevos espacios públicos, culturales, deportivos. El flujo peatonal detona nuevas dinámicas comerciales, sociales, de comunicación. La ciudad se oxigena. Las fotos sin cinturón. La calidad de vida.

Declaración Universal del Derecho al Carro

Todos los seres humanos dignos tienen un carro.

Son titulares de estos derechos todos los ciudadanos propietarios de un vehículo automotor, a los que para todos los efectos se llamará conductores.

Aunque no todos los carros fueron creados iguales, todos los conductores tendrán los mismos derechos.

La ciudad existe para los carros. A este precepto se llamará carrocentrismo.

En adelante se entenderá por “libertad de tránsito”, la libertad legítima para transitar en carro.

El conductor tiene derecho a contar con vías decentes por las cuales manejar cuando desee o necesite, y como desee o necesite.

Cuando las vías existentes fueren insuficientes, los conductores podrán reclamar nuevas vías en perjuicio del espacio público, el medio ambiente, o la propiedad privada según sea el caso.

El conductor tiene derecho a no convivir, interactuar ni compartir con otros ciudadanos durante sus traslados, y a no ser molestado ni incomodado en la privacidad e individualidad de su carro.

El conductor siempre tiene prioridad de paso.

El conductor tiene derecho a que en su camino no estorben los peatones, los ciclistas, los motociclistas, o los transportes colectivos.

El conductor tiene derecho a que se presuma su inocencia.

En caso de accidente, colisión, atropello o fatalidad, la sospecha recaerá de oficio en el ciudadano que no circula en carro.

El conductor tiene derecho a siempre encontrar parqueo.

El conductor tiene derecho a circular de forma fluida y sin congestionamientos.

Nunca se dispondrá del espacio público para peatonalización, áreas de recreo, o actividades culturales, deportivas o familiares, si esto riñe con los derechos de los conductores.

Nunca se dispondrá para soluciones efectivas de transporte colectivo, de recursos públicos que puedan ser utilizados en infraestructura que garantice los derechos de los conductores.

La solución de la crisis de la movilidad urbana no debe ser problema de los conductores, ni puede atentar contra sus derechos.

En caso de conflicto de interés entre los derechos de los conductores y los de los ciudadanos; o entre los derechos de los conductores y los principios de ciudadanía y convivencia, deberá privilegiarse siempre a los primeros.

Ejecútese.

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: William Sánchez

Matrimonio igualitico

Hace unos años me tocó viajar de pie en un bus en la ciudad de San Francisco. Sentados a un lado viajaba una pareja de chavalos tomados de la mano; la cabeza de uno recostada sobre el hombro del otro. Serían las 11 de la mañana.

Al otro lado del pasillo, un señor mayor se notaba visiblemente incómodo por la escena (que no era tal), y aún más –presumí, observando– por la imposibilidad de externarlo. Se acomodaba en el asiento, tragaba duro, enjachaba. Desde mi posición privilegiada podía estudiar al resto de los pasajeros. Todos actuaban con esperable normalidad, como si quien viajara ahí sentada fuera una señora leyendo Cosmopolitan , un muchacho chateando en su teléfono, o un mae y su novia comiendo gomitas.

“Esto es la normalización”, pensé esa vez. Ese estadío de consenso social en el que, lo censurable es cualquier forma de discriminación, y no cualquier forma de afecto.

Hace dos semanas, la noticia del fallo de la Suprema Corte de EEUU, que garantiza el acceso al matrimonio a las parejas no heterosexuales, me sorprendió en la ciudad de Chicago, ya deporsí teñida de arcoiris en víspera del Gay Pride. En medio del jolgorio, mi amigo Óscar y yo decidimos hacer una broma en Facebook: ya que estamos aquí, ¡digamos que nos casamos! El post explotó en mi perfil personal, y en solo unos minutos estaba claro que, lo que para nosotros había sido una obvia joda, no parecía tal para mucha gente. Más de 200 likes, decenas de comentarios, 15 mensajes directos: todos repletos de sorpresa, felicitaciones, y buenos deseos.

“¡Esto debe ser la normalización!”, pensamos, pero luego vino la duda: ¿Será? ¿Sería así para la mayoría de la gente, si decidieran dar ese paso hoy por hoy en nuestro país? Estoy seguro que no; que la boda de ensueño y la vida posterior en condiciones relativamente “normales”, más que una broma, sigue siendo poco más que una ilusión.

 

El derecho al matrimonio no solo no es el final de la causa para acabar con la discriminación por motivo de la orientación sexual, ¡es apenas el principio! Le sigue la normalización en la cotidianidad. En el trabajo, en el colegio, en la familia, en los medios, en el bus. Si bien se han conseguido aquí avances notables en esa dirección, ningún esfuerzo de visibilización, concientización y educación, será poco.

Pero se empieza por alguna parte. La solidez del fallo de la Corte estadounidense siembra un precedente poderoso: si las constituciones de las democracias modernas consagran y tutelan la igualdad de los ciudadanos ante la ley, los ciudadanos no podemos aspirar a menos que eso: absoluta, contundente, y legítima igualdad.

Entonces, ¿No habremos sido aquí más maricones de la cuenta (nunca mejor dicho) en la excesiva sutileza con la que hemos exigido lo que a la luz del derecho, es justo? ¿Por qué aceptamos que se inventen términos y eufemismos para llamarle distinto a lo que debería ser igual?

Esto sí que es normalización, y empieza por la ley: ciudadanos iguales, derechos iguales. ¿Sociedades de convivencia? ¿Unión civil? ¡No! Matrimonio igualitario ya. ¡Igualitico!

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: William Sánchez

Andar conmigo

Una vez, cuando tenía 12 años, me escapé de mi casa. “Me escapé”, digo, para ponerle picante. Le hice a mi madre algún berrinche adolescente, tomé un bus y terminé en el centro. Para que la fuga tuviera gracia tenía que hacer tiempo, así que me metí al cine Rex. Era la tanda de las 2 p. m. de un sábado de 1993. Recuerdo la anécdota no solo porque aquel día vi Jurassic Park , sino porque fue la primera vez que fui al cine solo.

Hace unos días, cenando solo en una pizería de Bogotá, descubrí que todavía en ocasiones comer solo tiene el poder de producirme ansiedad, y no porque lo haya hecho poco. Por mi trabajo tuve la suerte de viajar mucho, joven. La mayoría de oportunidades por invitación, casi siempre solo. Esa afortunada circunstancia me obligó a acostumbrarme a comer solo ahí donde estuviera, ir solo a bares, a conciertos. Andar solo.

La ansiedad responde a que, hacer solos eso que se supone que hagamos acompañados, nos pone en jaque. Nos sorprendería cuán poco común es que la gente vaya sola al cine. No se diga ya a comer sola, cuando no está absolutamente obligada por las circunstancias. Decenas de estudios han intentado dar con el porqué. Por un lado señalan cuánto nos cuesta “gestionar” la soledad: es más fácil estar acompañados, ¡porque eso nos distrae de nosotros mismos! Por el otro lado gravitan los estigmas que asociamos con “soledad”. Para muchos, estar solos, “quedarse solos”, decimos, es casi una condena de muerte en vida.

Hágale cabeza: ¿De cuántas cosas se ha perdido porque “no tuvo con quien ir”? Ese lugar que parece que solo a usted le interesa probar. Ese concierto de aquel guilty pleasure que escucha a escondidas. Ese destino al que nadie entiende por qué quiere ir. Esa película a la que todo mundo le arruga la cara. ¿Por qué no fue solo?

Además de ser una opción –digamos– no descabellada, pasar tiempo sólo con uno mismo es invaluable, particularmente en medio de esta oleada de hipersocialización. Así, varios de los espectáculos y lugares que recuerdo con más cariño, los vi solo. La mayoría de las ideas que luego se han convertido en proyectos valiosos, llegaron mientras andaba solo. Pero ojo: el valor de esos momentos no radica en haber estado solo, sino en que, por haber estado solo, estuve menos distraído.

La soledad nos da espacio, pausa, silencio. Estando a solas tendemos a ser mucho más contemplativos, observadores, detallistas. En el proceso, tamaña paradoja, alimentamos ideas, planes y valiosas reflexiones que acabarán impactando nuestra vida cotidiana en pareja, familia, sociedad.

Esta no es entonces una apología de la soledad. Muchos menos un manifiesto de pretenciosa misantropía. La gracia está en entender que estar solos no significa ser solos. Que tanto valor tienen los momentos que atesoramos con esos a quienes queremos, como los que vivimos con y para nosotros mismos. Y que si uno no sabe estar solo, está acompañado, pero jodido.

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.

Nos encanta la gente

La gente que habla con la boca llena. La que dura la vida eterna usando el cajero automático sin importar que hay fila. La gente que “se cola”. Los que le guardan campo a otra gente. Los que estornudan y no se cubren. Los lavahuevos.

La gente que chilla los dientes para limpiárselos. Los que se ponen a conversar y bloquean los pasillos del supermecado. El payaso que habla a gritos por celular para que medio mundo lo escuche. Los que oyen música en el teléfono, sin audífonos. La familia completa que camina lado a lado y estorba en toda la acera. Los anormales que no saben hablarle a una mujer sin decirle “reina”, “mami” o “linda”. Los taxistas que te dicen “mi rey”. Los maes que dicen “pa”.

Los animales que no usan las direccionales. Los que se sacan los mocos en el semáforo. Los que usan los parqueos para discapacitados, sin serlo. Los que manejan a 20 km/h por el carril izquierdo. Los que parquean sobre la acerca. Los que se van detrás de las ambulancias. Los que se pegan del pito. Los guachimanes.

La gente que no usa desodorante. Los que se cortan las uñas en público. Los que mastican chicle con la boca abierta. Los que contestan el teléfono en el cine. Los tatas que maltratan a sus hijos… ¡hasta en público! Los que no se lavan los dientes. Los que mean sin levantar la tapa. Los que no recogen las cacas del perro.

Los ticos que hablan de “tú”. Los vendedores que te persiguen por toda la tienda. Los que se nos pegan demasiado en las filas. Los que se sirven hielo y no rellenan las bandejas. Los que fingen que están dormidos en el bus para no darle su campo a un adulto mayor. Los que escupen en cualquier parte. Los que se van de vacaciones una semana y vienen hablando con acento extranjero.

La gente que sube un selfie al día. Los que cambian la foto de perfil 3 veces por semana. Los que #usan #hashtags #para #todo. Los que le dan attending a todo y no van a nada. Los que rezan en el muro de Facebook. Los que nos taggean en imágenes basura. Los que hacen check-in hasta en el baño. Las parejas que comparten un solo perfil. Los que dan like a sus propios posts .

La gente que dice “ocupo” en lugar de “necesito”. Los que te saludan con la mano mojada. Los que fuman y les importa un pito a quién le cae el humo. Los que se quejan de todo. A los que todo les incomoda. La gente.

Pensemos en esto: La convivencia se basa en el principio de tolerancia de todo eso que nos hace diferentes. Así por ejemplo, toleramos la idiotez de los otros y generalmente no pretendemos hacer nada para impedirla. ¿Por qué entonces sí nos atrevemos a impedir los derechos ajenos?

Me refiero a diferencias que no se tratan ya de lo que las personas hacemos, ¡sino de los que somos! El que los demás procreen de la forma y con el método que les resulte posible. Que amen a quien decidan, y como mejor les parezca. Que crean en lo que quieran, y que se vean como les de la gana.

Y es que si ya aceptamos que unos sean insoportables, ¿cómo es que nos cuesta tanto aceptar que otros sean felices?

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: Jose Ferrer

Los 15 minutos de mala fama

Tiene que quedar claro de una buena vez, que usted y yo tenemos el derecho inalienable a tomarnos fotos chingos. O con poquita ropa, en baby-doll , en medias, añejos, tirando besos, haciendo trompas, abrazando la almohada, en el espejo del baño pringado de pasta de dientes, bronceándonos en el patio entre la ropa tendida, envueltos en el paño, enseñando la cara, sin enseñar la cara, por delante, por detrás, por debajo, topless , en boxers, sin boxers, ¡o como nos dé la gana!

Nos asiste el derecho de producir e incluso compartir ese material en el marco de las comunicaciones privadas consensuales, entre adultos, de la forma que decidamos.

Disponer de ese material para un fin distinto al de esa comunicación original, robarlo, o reproducirlo, son delitos y deben perseguirse.

También tenemos el derecho de ligar por Internet si se nos hace necesario, nos gusta, o se nos antoja. Podemos hacernos los majes, pero el ligue online o por medio de a pps móviles es una tendencia en crecimiento que no hará más que masificarse.

Hacerse pasar por otra persona, suplantar una identidad ajena, para acceder a fotos o videos y luego publicarlos de forma espuria es un delito y debe perseguirse.

También tenemos derecho a insultar, blasfemar, maldecir, burlarnos de quien queramos y expresarnos con absoluta libertad en todos sus extremos, cuando mantenemos una conversación privada con nuestra gente cercana, por cualquier medio. Hacer público material que estaba destinado a ser privado, reproducirlo o compartirlo son delitos y deben perseguirse.

Está clarísimo: los nuevos tiempos y nuestros nuevos hábitos de comunicación por medio de móviles y redes sociales implican riesgos que no existían en el mundo desconectado. Piénselo: hoy por hoy, gran parte de nuestra interacción social queda registrada… ¡en alguna parte! Conversamos por chat, Whatsapp, hablamos por teléfono, SMS, publicamos en redes, hacemos check-ins , tomamos fotos de casi todo. ¡De casi todo queda evidencia! Mientras en el pasado decíamos que muchos se pasan la vida en busca de sus 15 minutos de fama, hoy no es falso afirmar que nos pasaríamos la vida buscando nuestros 15 minutos de privacidad. Estamos tremendamente expuestos; pero no podemos asumir que estamos desamparados.

Si bien aún insuficientes, el país ha dado pasos importantes para legislar en materia de “delitos informáticos”. Falta ver la ley en acción, pero sobre todo, en manos de la gente. Ya es hora de que, como sujetos de derechos, los ciudadanos aprendamos a ejercerlos.

Uno no renuncia a sus derechos legítimos ante quien los amenaza de forma vil.

Uno se levanta y los defiende. No hay nada más digno.

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: William Sánchez

Don Luis Guillermo en su laberinto

 

Cansado, el Presidente Solís publicó este domingo un artículo en el periódico La Nación y lo remató con una cadena de televisión. Lo titula: “Cuando no se quiere reconocer la verdad”. Se queja de un acoso mediático contra su gobierno. Acoso que día tras día ejecuta un plan “de malas noticias subrayadas y buenas noticias muy bien disimuladas”.

A continuación don Luis Guillermo enumera una serie de logros que atribuye a su administración y lamenta “que no se quiera decir ni reconocer la verdad”, en alusión directa a los medios de comunicación.

Empecemos por lo cierto:

Es innegable: el gobierno del Presidente Solís navega, a diario, contra un poderoso torrente periodístico empeñado en mantenerlo atrincherado. Con más o menos vergüenza, y más o menos elegancia, la mayoría de los principales medios del país han cerrado filas para preferir los enfoques abiertamente críticos, y muchas veces cínicos, hacia la gestión del Ejecutivo.
El abanico se extiende desde los periódicos y radionoticieros, hasta medios en línea en los que algunos periodistas ya han colgado definitivamente el hábito de sus principios, para complacer la agenda del patrón. En esa agua nadamos.

Comete el Presidente algunas omisiones de bulto en su artículo dominical:

1. Podemos discutir durante horas sobre los límites éticos del periodismo, pero lo cierto es que eso que el Presidente acusa, es un ejercicio legítimo de la libertad de prensa en una democracia. Dicho de otra forma: los medios tienen derecho; de plantear sus enfoques, de defender su agenda, y por qué no, de redactar titulares güeisos, de hacer el ridículo, y de sacrificar credibilidad a cambio de intereses más prometedores.

2. Luis Guillermo Solís no es el primer presidente “acosado” por el ecosistema mediático. ¿O ya nadie recuerda que eso de lo que hoy se queja el Presidente, es el mismo llanto que musicalizó de principio a fin a la administración Chinchilla? ¿Se acuerdan de su guerra frontal y decidida contra el periódico La Nación?  ¿O se nos olvidó el cerco periodístico que durante 4 años montó desde Telenoticias, Pilar Cisneros, a la administración Arias?  ¿Se acuerdan de los berrinches/derechos de respuesta de don Rodrigo?  ¿Yendo más atrás: el calvario que enfrentó el Presidente Pacheco, solo contra todos los medios del país, que le hicieron la vida imposible para que lanzara el penal del TLC?

3. De la prensa, el Presidente no debería esperar nada distinto. En su artículo, don Luis Guillermo parece pretender que los periodistas bailen al son que se toca en Casa Presidencial. ¿Es que “la verdad” (entendida como la posición oficial de la Presidencia) debería ser “reconocida” por periodistas y ciudadanos… solo porque don Luis dice?
No. La labor de los medios es precisamente la contraria. De los periodistas los ciudadanos esperan un ejercicio responsable de vigilancia, petición de cuentas, comprobación, cuestionamiento. Un marcaje al cuerpo. Nadie quiere medios porristas; excepto quien los necesita.

4. Si bien no es el primer Presidente que tiene a los medios parados al frente, don Luis Guillermo ciertamente llegó al poder en circunstancias distintas; y más importante aún: podría gobernar en circunstancias distintas.
Al Presidente, y a su equipo, se les olvida que soplan otros aires. Que los tiempos en que la única voz que influía sobre la opinión pública, era la de la prensa masiva, han muerto.

¿Qué pretende el Presidente con su lamento?

Nada. Porque a estas alturas, su artículo y su cadena no sirven de nada. Too little, too late.

No va a conseguir una cosa ni la otra: No va a cambiar el periodismo que enfrenta, y no va a cambiar la percepción que de su gestión tiene la ciudadanía, en buena medida influenciada por esa agenda adversa al Ejecutivo.

Si tan honda es la preocupación (y no es para menos), ¿por qué se ha hecho tan poco para enfrentarla?  ¿Por qué se descuidó de forma tan pavorosa la gestión de la comunicación estratégica de Casa Presidencial? ¿Por qué permitieron que la potencia del Presidente en las redes se disipara?

La gestión de la comunicación y la estrategia digitales de la administración Solís, ha sido imperdonablemente amateur. Imperdonable, porque era ahí donde estaba la gran oportunidad de este gobierno en materia de comunicación: en la administración de un caudal de apoyo masivo, por medio de una comunicación innovadora, cautivadora, y sobre todo imbatible, especialmente para los medios tradicionales.

En su lugar, los descuidos han sido la regla. Se cometen errores de principiante, en la forma y en el fondo, un día sí y otro también, y parece que esperan que causen gracia. Se asumió la gestión digital hoy, como se le veía hace 8 años: como un juego inútil.

Mientras tanto, el Presidente y su equipo titular se embarrialan peleando en la cancha que les marca la prensa.

Pierden. Y lloran.