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Las puras vidas de Verónica

Tengo 39 años y voy por mi tercera vida. La primera fue muy dura, muy sola. Hija mayor de una madre abandonada, para comenzar, por su esposo, a quien nunca dejó de querer; y luego por sí misma, a quien nunca ha querido.

Me casé jovencísima, con el primer tarado que encontré dispuesto a llevarme lejos. El destino lógico fue verme en muy poco tiempo viviendo de nuevo en la casa de la que huí “para nunca más volver”. Me dediqué a trabajar para seguir huyendo, y a veces huía del trabajo, por la costumbre.

El segundo round llegó hace 11 años con el nacimiento de mi hijo. Fue hermoso porque yo volví a nacer con él. Se llama Daniel. Somos compas, confidentes, pero somos ante todo una familia. Tenemos hasta un decálogo; un “Código de ética” pegado en la pared del apartamentito que compartimos. Por mi y por él logré poner a todo el mundo en su lugar, sacudirme cargas propias, ajenas, reales e imaginarias, y me fui definitivamente a vivir mi vida, a dedicarme a ser una mamá apuntada, contenta, realizada, que va a reuniones y hace queques.

Estos han sido los mejores 11 años de mi vida. No me han faltado las congojas, sobre todo las financieras, se podrá usted imaginar ya que vive en el mismo mundo que yo. Pero mi segunda vida fue maravillosa, y recuerdo con una sonrisa todos los momentos, los lindos y los feíllos, porque crecí, aprendí y tapé algunas bocas que desde mi primera vida estaban, por así decirlo, demasiado abiertas.

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