Mi papá, Carl Sagan

Como nunca se lo he dicho, es probable que él no lo sepa. Desde mis más tempranos recuerdos de infancia, me veo rodeado de libros. La mayoría viejos, amarillentos, marcados por el sello de las compraventas, tiesos de uso; leídos por él con su voracidad de estudiante universitario en los 70. Los rincones de mi casa se rellenaban con libros; los libros de mi papá. Así que todo lo que leí fue culpa suya.

Siendo chamaco descubrí a Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, y la Breve historia del tiempo , de Stephen Hawking. Una trinidad de científicos progresistas y agnósticos que yo devoraba tan confundido como fascinado.

Pero casi podría recordar el día exacto en que, desterrado en el fondo de las gavetas altas del clóset de mi cuarto, encontréCosmos , la obra cumbre del astrónomo Carl Sagan. Una joya de la curiosidad, la imaginación y la obsesión por la comprobación. Un ensayo virtuoso que pone en perspectiva al hombre con respecto a la sobrecogedora inmensidad del universo, que es “todo lo que fue y todo lo que será”.

Probablemente ningún otro libro, ningunas otras ideas, configuraron mi mente infantil con tal contundencia.

“Luego de cada día de escuela, regresaba a casa a sumergirme en tutoriales de escepticismo y lecciones de historia secular del universo, una tertulia de sobremesa a la vez”, recuerda Sasha Sagan, la hija mayor del astrónomo. Lo cuenta en un maravilloso texto publicado este abril por New York Magazine .

Sasha narra cómo, con paciencia franciscana, su padre respondía cada una de sus dudas de niña, siempre desde la certeza del dato, y no desde la imposición de la autoridad. De la fascinante relatividad del tiempo hasta la pasmosa permanencia de la muerte.

“Siempre me explicó, tiernamente, que es peligroso creer en las cosas solo porque nosotros queramos que sean ciertas”, recuerda. “Me enseñó que todo lo que es cierto tiene que resistir al cuestionamiento”, que es también una de las más sólidas premisas de la obra de Sagan.

He vuelto a Cosmos un sinnúmero de veces para aprender siempre algo distinto. Pero la idea que se implantó en mi cabeza desde temprano, es la de la perspectiva; la máxima de entendernos siempre en el contexto de nuestras propias circunstancias. Primero, a escala universal: “Con respecto a una estrella, somos efímeras moscas de fruta cuya vida transcurre en el curso de un solo día”, razonaba Sagan. Pero también en la mucho más mundana escala de nuestro día a día: es decir “en lo vasto del espacio y en la inmensidad del tiempo” quiénes somos, a quiénes tenemos al lado, y qué es lo que podemos hacer.

Mi papá no fue Carl Sagan, pero hizo lo que pudo en su propio universo y propio su tiempo. No me dio mucha lecciones, pero me dio libros repletos de lecciones. No me enseñó a rasurarme, o a hacer el nudo de la corbata. Tal vez, de hecho, no me enseñó él mismo demasiadas cosas, pero me dio algo mucho más valioso: la curiosidad para averiguarlas.

En órbitas distintas nos hemos alejado, para regresar siempre. Ahora, Pa, nos queda el tiempo y el espacio para entendernos, o al menos hacernos preguntas.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

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