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CR: libertad y sátira en un país sin sátira

charlie

No sé si es más sobrecogedor el ataque terrorista perpetrado este miércoles contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo; o la horda de sandeces que al respecto han dicho y escrito periodistas costarricenses que, desde aquí, encuentran justificable la barbarie como consecuencia de las publicaciones de la revista. “Se lo buscaron”, titularía más de uno.
Para empezar por el principio: cualquier intento de justificación de un acto atroz que le costó la vida a punta de bala a 12 personas, es en sí mismo un imbecilidad digna de cualquier grado de alarma y preocupación.
Aún más allá de la integridad física y de la vida misma, el terrorismo es siempre un ataque contra el espíritu humano. Es la búsqueda de la sumisión a través de la intimidación. El imperio del miedo. Justificarlo, aceptarlo, consentirlo, es degradarse hasta niveles medievales. No hay mucho más.
Ahora bien, un ataque contra la libertad de expresión por medio de la violencia atroz, es un ataque con agravantes, si es que tal cosa es posible. Es violencia contra el ser humano y contra buena parte de lo que lo hace humano: las ideas y la libertad para expresarlas.
“La libertad también tiene límites”, dicen. Ciertamente hay -y debe haber- límites a la libertad de expresión. Están clarísimos: el derecho al honor ajeno, y la no apología de la violencia. “La libertad de expresión no puede estar por encima del respeto”, dicen. ¡Lo mismo decía Franco mijo!
La sátira no es un delito, ni necesariamente implica un abuso de la libertad de expresión, aún cuando “atente” contra lo que subjetivamente alguien considere “sagrado”. Creer que lo que es “sagrado” para mi, debe ser un tema vetado para los demás, ¡eso sí que es un abuso! Y afortunadamente también, ese, como cualquier intento de censura, es considerado un atropello a la luz de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Es fácil escandalizarse por la línea ácida, chocante, y provocadora de Charlie Hebdo allá en la cuna de la libertad, igualdad y fraternidad, cuando uno la ve desde este vergel bello de aromas y flores. ¡Costa Rica tiene una prensa aburridísima! Prácticamente todas las generaciones de costarricenses hoy vivos, hemos vivido consumiendo un periodismo tradicional, que raramente se arriesga hacia a la incorrección política, y que apenas excepcionalmente ha rozado los límites legales y legítimos de la libertad de expresión.
Aquí las últimas publicaciones satíricas y beligerantes se extinguieron cuando mi generación apenas abandonaba la secundaria, y hoy por hoy lo más cercano que tenemos a ese saludable ejercicio es el más que respetable trabajo que se hace en radio, y una que otra viñeta en periódicos de baja circulación.
Para redondear el bostezo, valga señalar que nuestra prensa solo suele ser incorrecta cuando lo hace por mediocridad y oportunismo, como en el caso de los medios sangrenalistas; o cuando lo hace por chabacanería, y vulgaridad clasista, como en el caso de los medios artificialmente pachucos.
En Costa Rica no conocemos la sátira y como consecuencia no la entendemos. Y a juzgar por las reacciones más conservadoras,  podríamos concluir que tampoco entendemos su importancia como herramienta de sano y caliente debate democrático, y de oportuno cuestionamiento, que escapa de los sensatos rigores del periodismo netamente informativo.

“Por su naturaleza y función social, en muchas sociedades la sátira ha disfrutado de especiales licencias y libertades para burlarse de personas e instituciones destacadas. En Alemania, e Italia la sátira incluso está protegida por la Constitución.
Como la sátira también es considerada una expresión artística, se beneficia de ímites de legalidad más flexibles que la simple libertad de información de tipo periodístico. En algunos países se reconoce un “derecho a la sátira” específico, cuyos límites trascienden el “derecho informar” del periodismo e incluso el “derecho a la crítica”.

Es evidente que a Costa Rica le urge ese susto. Necesitamos sátira valiente que nos incomode. Ese espejo que más de uno preferiría evitar. Esa capacidad superior para reírse de uno y de lo propio, y para meditar después de la risa. Esa incomodidad que obliga al movimiento. Esa audacia que desbarata tabúes y deschinga reyes.
También necesitamos comunicadores que entiendan que para la libertad de expresión no puede haber puntos medios, ni temas vetados, sagrados, o intocables.
Lo exponía con diáfana claridad ya hace algunos años el filósofo español Fernando Savater:

“…la libertad religiosa en los países democráticos se basa en el principio de que la religión es un derecho de cada cual pero no un deber de los demás ciudadanos ni de la sociedad en su conjunto. Cada cual puede creer y venerar a su modo, pero sin pretender que ello obligue a nadie más. Tal como ha explicado bien José Antonio Marina en su reciente Por qué soy cristiano, cada uno puede cultivar su “verdad privada” religiosa pero estando dispuesto llegado el caso a ceder ante la “verdad pública” científica o legal que debemos compartir. La religión es algo íntimo que puede expresarse públicamente pero a título privado: y como todo lo que aparece en el espacio público, se arriesga a críticas, apostillas y también a irreverencias. Hay quien se muestra muy cortés con todos los credos y quien se carcajea al paso de las procesiones: cuestión de carácter, cosas del pluralismo.”

Recordemos que en nombre del “respeto” y de otro sinfín de criterios subjetivos, cambiantes y antojadizos se han cometido atropellos históricos a los derechos individuales más fundamentales, incluidos no solo la libertad de expresión, sino -oh la ironía- la libertad de culto.
Y que para la libertad no puede haber “peros” o “sin embargos”. Uno cree decididamente en la libertad; o no.

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