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La ciudad y los carros

Mi amiga Dani vive en Guayabos de Curri y trabaja en El Coyol de Alajuela. Todos los días maneja de ida y vuelta, un promedio de 3 horas en total. Semana a semana, casi siempre los viernes cuando hablamos, Dani me recuerda que se quiere matar. Lo dice como una broma cruel pero sabe que ya lo está haciendo: con cada hora pico, se le va un poquito de vida.
Daniel hace la ruta inversa. Viaja entre La Guácima y Tejar. Si uno saca la cuenta, “el negro” –para los amigos- pasa encerrado en el carro el equivalente a la mitad del tiempo que pasa trabajando. No es casual que en la mitad de las fotos de su Instagram salga con el cinturón puesto.
Sus historias cotidianas son como las de casi cualquier habitante de la GAM: salimos de casa todos los días a lidiar con una bomba de tiempo, la insostenible pesadilla del caos vial. La penitencia que purga el pecado original de haber nacido en una ciudad fallida.
¿Habrá una forma más miserable de desperdiciar la vida, que atrapado en el tráfico? Peor aún, porque las presas no solo nos hacen miserables, nos hacen menos productivos, menos tolerantes, menos felices; menos tiempo, menos tertulia, menos peli, menos café, menos abrazo.
Desamparados rogamos por obras, como si otro carril nos fuera a hacer el milagro. A más calles, más carros, y menos ciudad para su gente. Nuestra capital es una ciudad en la que solo se existe manejando. Hicimos de San José una ciudad de carros.
Los peatones, los ciclistas, ¡los buses!, el tren, todos son estorbos para el legítimo ejercicio del Derecho al Carro. La máquina individual por encima del ciudadano, y del colectivo. ¿No es increíble? ¿Hasta dónde vamos a permitir que llegue el colapso metropolitano, antes de entender que elegimos la ruta incorrecta?
Los sistemas de transporte colectivo no solo son una solución inteligente al reto de la movilidad urbana, sino que se convierten en arterias por las que lo que fluye es ciudadanía. Desestimular el uso del carro particular con opciones de transporte eficiente, limpio y seguro, crea nuevos espacios de convivencia, nuevas dinámicas de tolerancia y colaboración, hace a la gente más gente y a la ciudad más ciudad.
Lo que sigue es solo una consecuencia: se despeja el espacio para los peatones, para las ciclovías, para nuevos espacios públicos, culturales, deportivos. El flujo peatonal detona nuevas dinámicas comerciales, sociales, de comunicación. La ciudad se oxigena. Las fotos sin cinturón. La calidad de vida.

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