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No me arrepiento de nada

Esta ha sido la majadería que más me han repetido desde que decidí volver a participar de jupa, en medio de la presente campaña electoral: “¿Mae, cuánto le están pagando?”

Es la duda natural entre quienes sólo así entienden la política: como un mercadillo persa donde la voluntad se compra y la participación se paga. No les alcanza su comprensión para imaginar que hay otras formas. Que la gente también participa, aporta, se compromete, por valores que no se pueden detallar en una factura. Que el civismo existe y que es distinto al servilismo, al clientelismo, y al amiguismo.

Esta campaña ha sido nefasta. A todos los que decidimos asomar la cabeza nos ha llovido parejo. Insultos, amenazas, y hasta difamación anónima utilizando información del ámbito privado, e involucrando incluso a familiares. Las mañas más vulgares de la política más añeja.

El otro argumento común es el intento de desacreditarme porque lo que hago “no es lo que le toca” a un periodista. No podría importarme menos llenar esos zapatos, pero la insistencia agota.

Lo he dicho hasta el cansancio en los últimos meses y semanas: sí, soy periodista. Pero no soy más periodista que ciudadano. No soy más periodista que persona, sujeto de derechos, y miembro de una minoría. No soy más periodista que costarricense.

No puedo ser neutral porque no sé cómo ser neutral. Porque en los momentos decisivos de una nación ser neutral es ser cómplice. Guardar silencio es ser indiferente. Y ser solo testigo es, inevitablemente, ser negligente. Yo no puedo ser imparcial porque no sé quedarme callado. Porque nací con la boca abierta. Porque siento una necesidad inevitable de decir lo que pienso, aunque me equivoque, aunque meta la pata, aunque hable de más, aunque -con o sin intención- ofenda.

No había forma de limitarse a ser testigo en esta elección, porque uno de los candidatos se metió con nosotros y nosotras. Se metió conmigo. Se metió con este país que es de todos y todas. Se metió con esos principios que nos mueven, y por los que nadie nos puede pagar porque su valor es incalculable: La libertad, la convivencia democrática, la inclusión y la tolerancia, el respeto, la paz.

El domingo algún Alvarado será presidente, y a partir de mayo nos tocará usar nuestra voz y los instrumentos con los que cada uno cuente para ser críticos y vigilantes, para defender nuestras instituciones y nuestro Estado de Derecho, para corregir la ruta en materia económica y enmendar el profundo daño en materia de corrupción y credibilidad. Nos tocará también seguir empujando por el avance materia de Derechos Humanos; pero también volver la mirada a las costas y las provincias, escucharlas y entenderlas, y exigir progreso en equidad y oportunidades.

Sin importar lo que pase el domingo, creo sinceramente que hicimos lo que había que hacer. Defendimos nuestros principios de frente, poniendo la cara y el pecho, firmando cada palabra con nuestro nombre, porque así es como se hace patria. La alternativa era ser tibios, dejarle la bronca a alguien más, ver para otro lado, jugar de que no es conmigo, cuando es con todos.

Arthur Ashe, el primer tenista negro que ganó Wimbledon y los abiertos de EEUU y Australia, siempre resumía su fórmula de la grandeza a partir de tres ideas: “Empezá donde estés. Usá lo que tengás. Hacé lo que podás”.

Eso hicimos.

 

 

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