Posts by cambronero

¿Adónde te metiste satanás?

Suena escalofriante, pero es cierto: Quienes crecimos en Costa Rica entre la década de los 80 y los 90, crecimos con el diablo.Para nosotros, chamacos, invocar al demonio en aquellos tiempos era tan fácil como reunirse en el recreo a juntar 6 lápices de color para jugar “Miguelito”: por mucho, el mayor de terror de una madre ochentera promedio. Pero lo cierto es que ni siquiera había que llamarlo, porque según quienes más le temían ¡el diablo estaba en todo lado!

¿Recueran los trolls ? ¡Eran satánicos! Desde los tamagochis, pasando por los tatuajes de los chicles Pogo, la evidentemente diabólica diva brasileña Xuxa, los perversos y coloridos Teletubbies, los Gremlins, los muñecos repollo, hasta las Pepsi-cards y los infernales Gira-Tosty. Todo era satánico según curas de dudosa reputación, que esparcían el miedo desde radioemisoras con nombre de virgen, entusiastamente secundados por el periodismo sensacionalista y la televisión confesional, siempre con usted.

Mientras unos metían miedo, el pisicuidas estaba en todas. Era perfectamente visible al invertir el logo de los Chicago Bulls, advertían por igual predicadores de tarima y bigotudos conductores de noticieros en tecnicolor. El cachudo estaba en el sol de las etiquetas de Coca-Cola, en las canciones de Queen, de Metallica, de INXS, de Gloria Trevi ¡y de Pimpinela! (¡De Pimpinela!) Oculto subliminalmente en una de cada dos películas de Disney, en los sueños de Santi y Josefina la ballena, en el Moonwalk de Michael Jackson, en la Lambada de Kaoma, la Macumba de Verónica Castro, y el Vuela vuela de Magneto… ¡Magneto por el amor de Dios! Eran satánicos Los Pitufos, Los Simpsons, Los Thundercats, el perro de doña Cleotilde y por supuesto, el himno por excelencia de la paranoia satanista criolla: el Hotel California de The Eagles.

Bien dicen los mexicanos que “donde el diablo no mete la mano, mete la punta del rabo”. Según aquel delirio paranoide, ¡aquí tenía metida la jupa hasta en la sopa!

Pero algo pasó con el ocaso de la década, del siglo y del milenio. El diablo fue una suerte de one hit wonder que se extinguió con la llegada del Y2K. Desapareció como recurso fácil para disfrazar de miedo todo lo que era distinto, nuevo, ajeno. El grito de ¡el coco! para que ninguna oveja sacara un pelo del corral. Un comodín genérico que acabó por esfumarse como se disipa todo lo que no resiste cuestionamiento.

¡De cuántas otras vergonzosas tonterías nos han llenado la cabeza! Pero más importante aún: de cuántos demonios nos hemos exorcizado, como sociedad, como generación, conforme avanzamos hacia la racionalidad, y la comprensión profunda del valor de la diversidad: cultural, étnica, sexual, académica, ideológica, y sí, religiosa. No falla nunca: no hay mal que por bien no venga.

Publicado en La Revista Dominical, de La Nación.
Ilustración: Augusto Ramírez

Maduro en la UCR: un lujo

postmaduro

Sucede que la Universidad de Costa Rica estaría gestionando la visita de “tres presidentes latinoamericanos de izquierda” en el marco de la cumbre de la CELAC, según informa Noticias Monumental con sendos adjetivos, que para no decir que son más añejos que el swing criollo, ¡digamos que son vintage! (Est 1989).

Los susodichos serían el presidente de Bolivia, Evo Morales, el de Uruguay, José “Pepe” Mujica, y el de Venezuela, Nicolás Maduro.

El titular disparó de inmediato el ardor de los opinadores del like, escandalizados porque nuestra principal casa de Estudios Superiores abra sus puertas a las ideas del socialismo del siglo XXI. ¡Pero qué escándalo!

Olvidan que…  cómo decirlo…  ¡para eso son las universidades!

¿En qué cabeza cabe que una universidad deba cerrar sus puertas a las ideas y palabras de quién sea? Puede haber consenso -no es muy difícil- en que Nicolás Maduro es poco menos que un pelafustán, ¿pero quién no querría escucharlo?

Oir a Maduro hoy, en el contexto de inflexión histórico al que se enfrenta Venezuela, es para decirlo como es: una cita con la historia. Un absoluto privilegio y un lujo, que se desearían los estudiantes de cualquier universidad medianamente seria del planeta. No se diga ya, los periodistas medianamente serios.

Para tranquilidad de los derechudos  acérrimos autoconvencidos, recordemos que ninguna circunstancia le hace más daño a un personaje como Maduro, que abrir la boca. Para terror de cualquier demócrata convencido, ninguna circunstancia le hace más daño a una democracia que la falta de pluraridad, el blindaje ideológico, y la persecución de las ideas; incluso de las idiotas.

CR: libertad y sátira en un país sin sátira

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No sé si es más sobrecogedor el ataque terrorista perpetrado este miércoles contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo; o la horda de sandeces que al respecto han dicho y escrito periodistas costarricenses que, desde aquí, encuentran justificable la barbarie como consecuencia de las publicaciones de la revista. “Se lo buscaron”, titularía más de uno.
Para empezar por el principio: cualquier intento de justificación de un acto atroz que le costó la vida a punta de bala a 12 personas, es en sí mismo un imbecilidad digna de cualquier grado de alarma y preocupación.
Aún más allá de la integridad física y de la vida misma, el terrorismo es siempre un ataque contra el espíritu humano. Es la búsqueda de la sumisión a través de la intimidación. El imperio del miedo. Justificarlo, aceptarlo, consentirlo, es degradarse hasta niveles medievales. No hay mucho más.
Ahora bien, un ataque contra la libertad de expresión por medio de la violencia atroz, es un ataque con agravantes, si es que tal cosa es posible. Es violencia contra el ser humano y contra buena parte de lo que lo hace humano: las ideas y la libertad para expresarlas.
“La libertad también tiene límites”, dicen. Ciertamente hay -y debe haber- límites a la libertad de expresión. Están clarísimos: el derecho al honor ajeno, y la no apología de la violencia. “La libertad de expresión no puede estar por encima del respeto”, dicen. ¡Lo mismo decía Franco mijo!
La sátira no es un delito, ni necesariamente implica un abuso de la libertad de expresión, aún cuando “atente” contra lo que subjetivamente alguien considere “sagrado”. Creer que lo que es “sagrado” para mi, debe ser un tema vetado para los demás, ¡eso sí que es un abuso! Y afortunadamente también, ese, como cualquier intento de censura, es considerado un atropello a la luz de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Es fácil escandalizarse por la línea ácida, chocante, y provocadora de Charlie Hebdo allá en la cuna de la libertad, igualdad y fraternidad, cuando uno la ve desde este vergel bello de aromas y flores. ¡Costa Rica tiene una prensa aburridísima! Prácticamente todas las generaciones de costarricenses hoy vivos, hemos vivido consumiendo un periodismo tradicional, que raramente se arriesga hacia a la incorrección política, y que apenas excepcionalmente ha rozado los límites legales y legítimos de la libertad de expresión.
Aquí las últimas publicaciones satíricas y beligerantes se extinguieron cuando mi generación apenas abandonaba la secundaria, y hoy por hoy lo más cercano que tenemos a ese saludable ejercicio es el más que respetable trabajo que se hace en radio, y una que otra viñeta en periódicos de baja circulación.
Para redondear el bostezo, valga señalar que nuestra prensa solo suele ser incorrecta cuando lo hace por mediocridad y oportunismo, como en el caso de los medios sangrenalistas; o cuando lo hace por chabacanería, y vulgaridad clasista, como en el caso de los medios artificialmente pachucos.
En Costa Rica no conocemos la sátira y como consecuencia no la entendemos. Y a juzgar por las reacciones más conservadoras,  podríamos concluir que tampoco entendemos su importancia como herramienta de sano y caliente debate democrático, y de oportuno cuestionamiento, que escapa de los sensatos rigores del periodismo netamente informativo.

“Por su naturaleza y función social, en muchas sociedades la sátira ha disfrutado de especiales licencias y libertades para burlarse de personas e instituciones destacadas. En Alemania, e Italia la sátira incluso está protegida por la Constitución.
Como la sátira también es considerada una expresión artística, se beneficia de ímites de legalidad más flexibles que la simple libertad de información de tipo periodístico. En algunos países se reconoce un “derecho a la sátira” específico, cuyos límites trascienden el “derecho informar” del periodismo e incluso el “derecho a la crítica”.

Es evidente que a Costa Rica le urge ese susto. Necesitamos sátira valiente que nos incomode. Ese espejo que más de uno preferiría evitar. Esa capacidad superior para reírse de uno y de lo propio, y para meditar después de la risa. Esa incomodidad que obliga al movimiento. Esa audacia que desbarata tabúes y deschinga reyes.
También necesitamos comunicadores que entiendan que para la libertad de expresión no puede haber puntos medios, ni temas vetados, sagrados, o intocables.
Lo exponía con diáfana claridad ya hace algunos años el filósofo español Fernando Savater:

“…la libertad religiosa en los países democráticos se basa en el principio de que la religión es un derecho de cada cual pero no un deber de los demás ciudadanos ni de la sociedad en su conjunto. Cada cual puede creer y venerar a su modo, pero sin pretender que ello obligue a nadie más. Tal como ha explicado bien José Antonio Marina en su reciente Por qué soy cristiano, cada uno puede cultivar su “verdad privada” religiosa pero estando dispuesto llegado el caso a ceder ante la “verdad pública” científica o legal que debemos compartir. La religión es algo íntimo que puede expresarse públicamente pero a título privado: y como todo lo que aparece en el espacio público, se arriesga a críticas, apostillas y también a irreverencias. Hay quien se muestra muy cortés con todos los credos y quien se carcajea al paso de las procesiones: cuestión de carácter, cosas del pluralismo.”

Recordemos que en nombre del “respeto” y de otro sinfín de criterios subjetivos, cambiantes y antojadizos se han cometido atropellos históricos a los derechos individuales más fundamentales, incluidos no solo la libertad de expresión, sino -oh la ironía- la libertad de culto.
Y que para la libertad no puede haber “peros” o “sin embargos”. Uno cree decididamente en la libertad; o no.

Estimado Luis Guillermo

Le saluda un ciudadano. Uno del millón trescientos mil que lo elegimos presidente el 6 de abril.No solo le di mi voto, como cientos de compatriotas, yo también convencí a otros de votar por usted. Probablemente porque soy uno de esos pésimos periodistas, convencidos de que, en determinados contextos, la neutralidad es un acto de indiferencia.

Todos mis amigos, familiares y gente cercana votaron por usted. ¡Fuimos tantos! Casi todos votamos con ganas, como quien –por una vez– hace lo que quiere y no lo que le queda. Fue un voto ilusionado, alegre, hinchado de esperanza luego de un febrero inolvidable. La aplastante mayoría del pueblo que decidió cambiar.

Pero en las últimas semanas muchos empezamos a levantar la ceja. Algunos están confundidos, pero no pocos ya incluso se preguntan si aquel 6 de abril metimos la pata.

A mí no me cabe la duda. Estoy convencido de que en las elecciones de 2014 hicimos lo que había que hacer. Pero no estoy seguro de que se esté haciendo ahora.

¡Es que todavía no vemos el camino! Los argumentos se fueron agotando uno a uno: la finca encharralada, los primeros 100 días, los segundos 100 días, estamos empezando, fue Laura, denme tiempo.

También se han ido esfumando los simbolismos, tan corrongos como importantes. Las matas del jardín, la visita a los vecinos, las banderas de colores, el homenaje a Juanito… No es de extrañar esa creciente sensación de que lo simbólico ha ocupado el lugar de lo ejecutivo. Y el cambio, si hay algo que no puede ser, es simbólico.

Hay asuntos de fondo que nos ha costado entender: la apuesta por la DIS, cada vez más desorientada y charlatana. Un clérigo, sostenido contra viento y marea en Presidencia para un Gobierno que defiende la laicidad del Estado. El abultado Presupuesto Nacional de quien se comprometió a demostrar una ejemplar austeridad. La posposición de la agenda de derechos civiles. Las frecuentes contradicciones entre miembros del Ejecutivo.

Habría que sumar los temas de forma: no se agarre con los medios, deje que la prensa haga su parte y usted la suya. No se enfrente a “las redes sociales”, ofrezca espacios de participación efectiva y verá cómo se diluye la crítica majadera. Apueste decididamente por los principios de Gobierno Abierto, por la transparencia, el acceso a la información, y la colaboración. ¡Es un signo de los tiempos y una cita con la historia! Intervenga la comunicación del Gobierno y unifique el discurso, pero no a punta de circulares, sino en torno a una visión compartida.

El reloj corre para “ese cambio creador y fresco” que nos anunció en mayo. Urge capitalizar sus buenas intenciones en acciones que marquen el rumbo. Dibuje el camino suyo, que fue el que elegimos los votantes. Que “el mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe para donde va”.

El momento es ahora.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

¡Síganme los raros!

Doña Argentina siempre decía que su receta para alcanzar las bodas de oro junto a don Raúl, fue que desde el primer año de casados durmieron en cuartos separados. “¡El viejo ronca como un buey!”, refunfuñaba. Vivieron siempre en el barrio de mis abuelos, y la recuerdo repitiendo que durante buena parte de sus cincuenta y tantos años de feliz vida matrimonial, prefirió guardar su secreto de camas, que era también su fórmula infalible para la sana convivencia. “Nadie nunca lo entendió pero así fue como nosotros nos arreglamos. Mi propia madrina nos decía que vivíamos en pecado”, la oí contarle a mi madre alguna vez. Que en paz siga descansando.

Mis amigos David y Juliana fueron un paso más allá y el año pasado cuando se casaron, en lugar de comprar casa compraron dos apartamentos en el mismo piso del mismo edificio. “Cada uno tiene su espacio personal y los dos tenemos ambos espacios en común”, tuvieron que explicarle a medio mundo, porque si algo sobró fueron cuestionamientos. La feliz pareja dice que tienen “lo mejor de dos mundos”, y les funciona. Son esposos que marcan. Leonor y Marco, en cambio, viven y –hasta donde sé– duermen juntos, pero decidieron que no van a tener hijos. Están bien, solos, invierten su tiempo y dinero en viajar, y en continuar sus carreras profesionales, pero cargan la misma cruz: explicar una y mil veces eso que decidieron porque sí.

Mi colega Dinia construyó su casa este año. En lugar de dedicar espacio a una sala, hizo un salón para hacer yoga. “Yo las visitas las recibo en la cocina, y si algo quiero compartir con quienes vienen, es el yoga, ¿por qué ‘tengo’ que tener una sala?”, razonaba. Su familia todavía no entiende el concepto de casa sin sillones.

Por fortuna me sobran los ejemplos. La pareja de ancianas en Naranjo acostumbrada a oír decir que son dos solteras “que se acompañan”, para no tener que explicar que son novias y que juntas se van a morir. Mi estimado Julián y su esposa que pudiendo procrear decidieron adoptar, ante la confusión de familia y amigos. O María Fernanda y Carlos cuya hija menor mostró desde sus primeros años sobresalientes habilidades para el fútbol, y en lugar de regalarle barbies y vestirla de rosado, le han estimulado su talento cuanto han podido. La abuela vive escandalizada.

Todos gente cómoda en su propia piel, haciendo lo que decidieron, y desafiando lo que se suponía debían hacer. “Pensamos que ‘normal’ equivale a abundante, a habitual, a mayoritario. Pero no; en realidad, nos remite a la norma, a la ley, al mandato social”, escribía Rosa Montero uno de estos días en su columna de El País.

Leyéndola caí en cuenta de que, desde siempre, me cautiva la gente “anormal”. La que no sacrifica energía, felicidad, realización, ni placer para ajustarse a convenciones, costumbres, y estándares. Al castrante mandato social.

Son los que nos incomodan, nos descolodan y nos confunden. Los que deciden transgredir lo esperable para volverse extraordinarios, aún en los asuntos más cotidianos. Los que encuentran y defienden su propia fórmula. Los que descubrieron temprano que no hay camino…

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Eso que no aprendí en la escuela

La escuela no me enseñó a comer. A no engordar, ni a procurarle a mi cuerpo los nutrientes para conseguir algo más que la mera supervivencia. Sí, sí, seguro nos hablaron en Ciencias sobre los grupos alimenticios, y medio entendimos la diferencia entre vegetales, legumbres, verduras y hortalizas. Pero nadie me enseñó a alimentarme, ni mucho menos por qué era importante.

Aprendí sobre nutrición por mi cuenta, recién en los últimos años, después de lidiar ya con varias de las consecuencias de haber sido un analfabeta alimenticio.

La escuela no me enseñó a correr. No me enseñó a moverme, a no ser una maceta. Mis clases de “educación física” fueron clases de fútbol, que para mi eran sesiones de tortura. Encandilado por el deporte rey, el sistema educativo fracasó en hacerme entender la importancia de –cualquier– deporte y de la actividad física para el bienestar integral.

De la ausencia de una verdadera educación física heredé casi 15 años de sedentarismo. Descubrí el deporte por mi cuenta, tarde, después de lidiar con varias de las consecuencias de mi vida de ameba.

La escuela no me enseñó a coger. Sí, nos hablaron del sexo de los libros, pero no del de la cama. Nos dijeron cómo se llaman las partes, pero no nos explicaron cómo disfrutarlas. Nos metieron susto en lugar de meternos gusto. Nos enseñaron sobre reproducción, pero no sobre afectividad, y mucho menos sobre placer.

De sexualidad también aprendí por mi cuenta, por urgencia y por morbo; echando a perder.

La escuela no me enseñó a tener. No me enseñó a ahorrar, a pedir, a deber, a pagar. No me advirtieron mis Niñas sobre la importancia de las finanzas personales y el impacto que tendría en mi desarrollo personal y profesional.

Aprendí las mañas del crédito y de la banca por mi cuenta, después de manchar mi historial crediticio con el estigma de la ignorancia, y descubrir que tarda cuatro años en desvanecerse.

Es sabido que las cosas más cruciales de la vida se aprenden en la vida. Pero me refiero aquí solo a algunos asuntos medulares en el desarrollo de la persona que deberíamos interiorizar en el principio de nuestra educación, que es también nuestro debut en sociedad.

Su importancia se entiende cuando descubrimos el impacto que esas carencias nos producen hoy, a nosotros y al resto, cuando todos nos hicimos adultos.

Por fortuna es mucho lo que se ha avanzado en los últimos años. La visión integral del deporte y el bienestar, o los programas de educación para la afectividad y sexualidad, están hoy a años luz en el futuro. Pero mucho más está pendiente.

Si uno pregunta “¿Qué le quedaron debiendo los primeros años de su educación?”, se sorprende con las respuestas. Inteligencia emocional, emprendimiento, pensamiento creativo, empatía, cultura tributaria, razonamiento y opinión, tolerancia, discusión sana y disentimiento, y una larga lista más.

¿Se lo ha preguntado usted? Se lo dejo de tarea, aunque sea domingo.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Mi papá, Carl Sagan

Como nunca se lo he dicho, es probable que él no lo sepa. Desde mis más tempranos recuerdos de infancia, me veo rodeado de libros. La mayoría viejos, amarillentos, marcados por el sello de las compraventas, tiesos de uso; leídos por él con su voracidad de estudiante universitario en los 70. Los rincones de mi casa se rellenaban con libros; los libros de mi papá. Así que todo lo que leí fue culpa suya.

Siendo chamaco descubrí a Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, y la Breve historia del tiempo , de Stephen Hawking. Una trinidad de científicos progresistas y agnósticos que yo devoraba tan confundido como fascinado.

Pero casi podría recordar el día exacto en que, desterrado en el fondo de las gavetas altas del clóset de mi cuarto, encontréCosmos , la obra cumbre del astrónomo Carl Sagan. Una joya de la curiosidad, la imaginación y la obsesión por la comprobación. Un ensayo virtuoso que pone en perspectiva al hombre con respecto a la sobrecogedora inmensidad del universo, que es “todo lo que fue y todo lo que será”.

Probablemente ningún otro libro, ningunas otras ideas, configuraron mi mente infantil con tal contundencia.

“Luego de cada día de escuela, regresaba a casa a sumergirme en tutoriales de escepticismo y lecciones de historia secular del universo, una tertulia de sobremesa a la vez”, recuerda Sasha Sagan, la hija mayor del astrónomo. Lo cuenta en un maravilloso texto publicado este abril por New York Magazine .

Sasha narra cómo, con paciencia franciscana, su padre respondía cada una de sus dudas de niña, siempre desde la certeza del dato, y no desde la imposición de la autoridad. De la fascinante relatividad del tiempo hasta la pasmosa permanencia de la muerte.

“Siempre me explicó, tiernamente, que es peligroso creer en las cosas solo porque nosotros queramos que sean ciertas”, recuerda. “Me enseñó que todo lo que es cierto tiene que resistir al cuestionamiento”, que es también una de las más sólidas premisas de la obra de Sagan.

He vuelto a Cosmos un sinnúmero de veces para aprender siempre algo distinto. Pero la idea que se implantó en mi cabeza desde temprano, es la de la perspectiva; la máxima de entendernos siempre en el contexto de nuestras propias circunstancias. Primero, a escala universal: “Con respecto a una estrella, somos efímeras moscas de fruta cuya vida transcurre en el curso de un solo día”, razonaba Sagan. Pero también en la mucho más mundana escala de nuestro día a día: es decir “en lo vasto del espacio y en la inmensidad del tiempo” quiénes somos, a quiénes tenemos al lado, y qué es lo que podemos hacer.

Mi papá no fue Carl Sagan, pero hizo lo que pudo en su propio universo y propio su tiempo. No me dio mucha lecciones, pero me dio libros repletos de lecciones. No me enseñó a rasurarme, o a hacer el nudo de la corbata. Tal vez, de hecho, no me enseñó él mismo demasiadas cosas, pero me dio algo mucho más valioso: la curiosidad para averiguarlas.

En órbitas distintas nos hemos alejado, para regresar siempre. Ahora, Pa, nos queda el tiempo y el espacio para entendernos, o al menos hacernos preguntas.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Píldoras del día después

El día después uno probablemente amanece de goma.

El día después uno siente cuánto realmente dolió el golpe.

El día después nos sale el morete.

El día después es cuando reclaman los músculos.

El día después toca lavar los platos.

El día después se quitan las vendas.

El día después uno desempaca.

Es el día del jet lag.

El día después se comienza a entender la trascendencia de un logro.

El día después se le busca lugar al trofeo.

El día después es cuando pasamos de celebrar a asumir.

Es cuando procedemos.

El día después uno estrena.

El día después uno descubre con quién amaneció, y cuánta gente se dio cuenta.

El día después uno se entera que existen fotos, y ya están en línea.

Es el día de la vergüenza.

El día después se entierra al muerto.

El día después es cuando se siente una ausencia.

El día después uno desmenuza las palabras. Se devuelve sobre lo dicho.

Es el día de la reafirmación. O el arrepentimiento.

El día después uno ve las repeticiones.

El día después renuncia el director técnico.

El día después es cuando ya no hay quite, y no hay excusa.

El día después empezamos a pensar en el día después.

El día después casi siempre es domingo.

En el día se vive. Pero el día después se piensa, se siente, y se entiende.

En el día uno se entera del qué, y el día después entiende el cómo y el por qué.

El día después es cuando realmente empieza a correr el tiempo, fuente por excelencia de perspectiva y serenidad sobre lo vivido.

El día después es cuando el presente se transforma en futuro, y el hecho se convierte en sus consecuencias.

Es la distancia mínima que tendremos sobre lo inmediato.

Lo más cerca que vamos a estar de un momento que a partir de entonces solo va a alejarse.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Se atormenta una vecina

La estación lluviosa es lo que ocurre en Costa Rica durante todo el año, con excepción de la Cuaresma. Empieza el Viernes Santo y termina el Miércoles de Ceniza del año siguiente, con una que otra pausa en enero para que se asoleen los chiquillos y se seque la ropa. Aquí el invierno es el statu quo. La lluvia es todo el clima. Uno dice “ya entró el invierno” como quien dice “hoy es domingo”, o “ya son las cuatro”. Sin embargo, todos los días nos asombramos de la lluvia como si nunca hubiera llovido. Un síntoma revelador de que la costumbre del tico es impermeable. Decimos “¡está lloviendo!” con legítima sorpresa, como quien dice “¡no hay papel higiénico!”, o “¡estoy embarazada!”.

El invierno retrata nuestra capacidad de asombro. Como nunca la esperamos y cada día nos sorprende desprevenidos, le echamos a la lluvia la culpa de todo lo que no es culpa del gobierno de turno. Decimos “como resultado de las fuertes lluvias” como quien dice “por una serie de eventos desafortunados”.

Deslaves, huecos, cráteres, apagones, inundaciones, alcantarillas taqueadas y las presas de todos los días. Todo ocurre porque llueve. El invierno es el apocalipsis.

La lluvia es un infalible dinamizador de la economía. Activa una aceitada maquinaria de compra y desaparición exprés de paraguas. Armazones de varillas desechables con una esperanza de vida nunca mayor a las cuatro semanas. Los compramos, cada uno, seguros de que este sí va a durar. Acabamos diciendo “perdí la sombrilla”, o “se me jodió el paraguas”, más veces al año de las que decimos “mañana es feriado”. El invierno es saber perder. La lluvia es uno de los lubricantes sociales por excelencia. ¿De qué nos hablarían, si no, los taxistas y las señoras en los buses? Nos dicen “hace viento como de lluvia”, “ya se viene la de los frescos” o “qué aguacero verdad, pa ”, como quien dice “buenas”. El invierno es el tema de conversación de las conversaciones muertas. Nos encanta que llueva, pero en otra parte. Decimos “la lluvia es una bendición” como quien dice “¿por qué diablos no llueve solo en Guanacaste y en Cartago?”. Porque la lluvia es mejor vista desde el verano. Y mayo era mejor cuando estábamos en abril.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

La “renuncia” de Johnny = La horca del PAC

Es ese sonido mítico en alta mar que lleva a un barco a una trampa mortal, porque el marinero iluso cree que lo que escucha es el cantar de una bella sirena. Es ese espejismo tramposo que tienta al sediento en mitad del desierto y lo hace caminar en círculos.

El titular de este jueves del periódico La República es el último anzuelo de una gran trampa.

Desde el propio domingo de las elecciones se levantó el rumor, que no ha hecho más que crecer. Que Liberación Nacional está desmoralizado. Que están desfinanciados. Que hay una suerte de insurrección interna. Que Johnny no puede más. Que van a hipotecar el chinamo. Que Johnny no quiere.

Se suma la solicitud de una “tregua” que hiciera el PLN a principios de semana. Han cambiado de agencia de publicidad 2 veces, y la campaña nunca dejó de ser un desastre. Está claro que lo que necesitan no es tiempo; son ideas.

El panorama completo pinta un cuadro trágico. Es fácil imaginarse al animal en el suelo, herido de muerte, agonizando de aquí al 6 de abril.

Creerse ese espejismo es lo peor que le puede pasar al PAC y -especialmente- a sus votantes.
Ni siquiera hace falta mencionar que la “renuncia” a la candidatura de Johnny es una posibilidad que no existe en la Constitución. Y que con o sin él, se celebrarán las votaciones en abril.

La campaña del PAC debe ser avasalladora. Debe tirarle encima a Liberación una avalancha de creatividad, participación, movilización, innovación, y esperanza. Debe aplastar al bicho a punta de alegría.

El próximo gobierno de Acción Ciudadana necesita la legitimidad de un triunfo claro, holgado e incuestionable en las urnas. Quedan dos meses para sacar a votar a cada costarricenses mayor de 18 años que no tolera 4 años más de corruptela, clientelismo y continuismo mediocre.

No puede haber espacio para el triunfalismo. Nadie debe sentir que esto está ganado, que no hay rival, y que Luis Guillermo ya es Presidente.

Recuerden las palabras del siempre sabio Rodolfo Piza: lo que está haciendo el PLN es “hacerse la vaca muerta, para comerse al zopilote vivo”