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El video de “Carta a mí mismo cuando tenía 20 años”

Esto me hizo feliz. Y me sacó las lágrimas.

El ultrapopular videoblogger mexicano Alan Estrada (Alan x el mundo) me pidió mi texto “Carta a mí mismo cuando tenía 20 años” para su video de cierre de año. Se lo topó en la web hace meses, me contó hace unas semanas.

Alan no solo lo locutó con sensibilidad, sino que lo montó sobre las imágenes de sus infinitos viajes de los últimos meses.

Publiqué “Carta a mí mismo…” originalmente en La Nación en 2014 y fue la 3era publicación más leída de nacion.com en todo el año. Luego fue reproducido por El Tiempo de Bogotá, Excelsior de México y múltiples blogs de América Latina.

El video de Alan me paró cada pelo. Me emocionó. Y me alegra tanto. ¡Qué viaje tan estupendo han tenido esas palabras! Que meses y meses después siguen llegando a otros destinos. ¡Qué bonito!

No más Tinta Fresca

Les quiero compartir que mis textos no se publicarán más en la Revista Dominical de La Nación.
Estos 3 años en Tinta Fresca fueron una invaluable experiencia que me obligó a ensayar ideas sobre temas muy diversos, pero sobre todo me dio perspectiva sobre la variedad de opiniones y posiciones que conforman el espectro de la opinión pública, cuando se ventila a través de un medio de comunicación masivo, generalista, y tradicional.
Dice el lugar común que nunca hay que decir nunca. Pero cualquiera que sepa leer los signos de los tiempos podrá concluir, como yo, que probablemente este fue mi último vínculo con La Nación. Se trata de un periódico al que respeto profundamente, y con el que –movido por ese respeto- he sido siempre crítico, y también agradecido.
Agradezco a cada uno de los editores y directores que durante los últimos 13 años me han confiado distintos espacios y proyectos, en un medio para el que nunca trabajé formalmente, pero que me permitió crecer, ejercitar estilo, expresarme siempre con libertad, y meter las patas de vez en cuando. Gracias a Juan Fernando Cordero, Eduardo Ulibarri, Gina Polini (q.e.p.d.), Maricel Sequeira, Luis Rojas, Yanacy Noguera, Larissa Minsky, Víctor Fernández y Yuri Jiménez.
Me llena de satisfacción haberle dado a Tinta Fresca piezas potentes cuyo millaje hace que sigan dando vueltas por la web aún hoy. Especialmente me complace haber compartido el espacio con amigos queridos, y arrolladores talentos de mi generación, como Adriana Sánchez, Diego Delfino y Margarita Durán.
Gracias sobre todo a ustedes que leen, comparten, critican, y hacen que el que escribe tenga que hacerlo cada vez mejor.
El periodismo de opinión me apasiona desde antes de saber que era una forma de hacer periodismo. Seguiré escribiendo y publicando porque es la mejor forma que he encontrado para aprender, compartir, y comprender. Escribiré sobre comunicación estratégica, emprendimiento, y la aventura de hacer empresa, así como sobre asuntos más míos, en este sitio.
En los primeros meses de 2016 estaré feliz de compartirles una nueva propuesta informativa móvil en la que hemos invertido meses de trabajo y conceptualización. Ya llegará su momento.
Todo lo demás es lo que hago todos los días junto a un talentosísimo equipo en BigWebNoise, nuestro emprendimiento que ahora es una sólida agencia de estrategia digital para la que vienen grandes noticias; y que experimentará a principios de año una serie de ambiciosos cambios, en un ecosistema -el de la comunicación- en el que lo único que es permanente es evolucionar. O no.
El futuro será apasionante 😉

Declaración Universal del Derecho al Carro

Todos los seres humanos dignos tienen un carro.

Son titulares de estos derechos todos los ciudadanos propietarios de un vehículo automotor, a los que para todos los efectos se llamará conductores.

Aunque no todos los carros fueron creados iguales, todos los conductores tendrán los mismos derechos.

La ciudad existe para los carros. A este precepto se llamará carrocentrismo.

En adelante se entenderá por “libertad de tránsito”, la libertad legítima para transitar en carro.

El conductor tiene derecho a contar con vías decentes por las cuales manejar cuando desee o necesite, y como desee o necesite.

Cuando las vías existentes fueren insuficientes, los conductores podrán reclamar nuevas vías en perjuicio del espacio público, el medio ambiente, o la propiedad privada según sea el caso.

El conductor tiene derecho a no convivir, interactuar ni compartir con otros ciudadanos durante sus traslados, y a no ser molestado ni incomodado en la privacidad e individualidad de su carro.

El conductor siempre tiene prioridad de paso.

El conductor tiene derecho a que en su camino no estorben los peatones, los ciclistas, los motociclistas, o los transportes colectivos.

El conductor tiene derecho a que se presuma su inocencia.

En caso de accidente, colisión, atropello o fatalidad, la sospecha recaerá de oficio en el ciudadano que no circula en carro.

El conductor tiene derecho a siempre encontrar parqueo.

El conductor tiene derecho a circular de forma fluida y sin congestionamientos.

Nunca se dispondrá del espacio público para peatonalización, áreas de recreo, o actividades culturales, deportivas o familiares, si esto riñe con los derechos de los conductores.

Nunca se dispondrá para soluciones efectivas de transporte colectivo, de recursos públicos que puedan ser utilizados en infraestructura que garantice los derechos de los conductores.

La solución de la crisis de la movilidad urbana no debe ser problema de los conductores, ni puede atentar contra sus derechos.

En caso de conflicto de interés entre los derechos de los conductores y los de los ciudadanos; o entre los derechos de los conductores y los principios de ciudadanía y convivencia, deberá privilegiarse siempre a los primeros.

Ejecútese.

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: William Sánchez

Matrimonio igualitico

Hace unos años me tocó viajar de pie en un bus en la ciudad de San Francisco. Sentados a un lado viajaba una pareja de chavalos tomados de la mano; la cabeza de uno recostada sobre el hombro del otro. Serían las 11 de la mañana.

Al otro lado del pasillo, un señor mayor se notaba visiblemente incómodo por la escena (que no era tal), y aún más –presumí, observando– por la imposibilidad de externarlo. Se acomodaba en el asiento, tragaba duro, enjachaba. Desde mi posición privilegiada podía estudiar al resto de los pasajeros. Todos actuaban con esperable normalidad, como si quien viajara ahí sentada fuera una señora leyendo Cosmopolitan , un muchacho chateando en su teléfono, o un mae y su novia comiendo gomitas.

“Esto es la normalización”, pensé esa vez. Ese estadío de consenso social en el que, lo censurable es cualquier forma de discriminación, y no cualquier forma de afecto.

Hace dos semanas, la noticia del fallo de la Suprema Corte de EEUU, que garantiza el acceso al matrimonio a las parejas no heterosexuales, me sorprendió en la ciudad de Chicago, ya deporsí teñida de arcoiris en víspera del Gay Pride. En medio del jolgorio, mi amigo Óscar y yo decidimos hacer una broma en Facebook: ya que estamos aquí, ¡digamos que nos casamos! El post explotó en mi perfil personal, y en solo unos minutos estaba claro que, lo que para nosotros había sido una obvia joda, no parecía tal para mucha gente. Más de 200 likes, decenas de comentarios, 15 mensajes directos: todos repletos de sorpresa, felicitaciones, y buenos deseos.

“¡Esto debe ser la normalización!”, pensamos, pero luego vino la duda: ¿Será? ¿Sería así para la mayoría de la gente, si decidieran dar ese paso hoy por hoy en nuestro país? Estoy seguro que no; que la boda de ensueño y la vida posterior en condiciones relativamente “normales”, más que una broma, sigue siendo poco más que una ilusión.

 

El derecho al matrimonio no solo no es el final de la causa para acabar con la discriminación por motivo de la orientación sexual, ¡es apenas el principio! Le sigue la normalización en la cotidianidad. En el trabajo, en el colegio, en la familia, en los medios, en el bus. Si bien se han conseguido aquí avances notables en esa dirección, ningún esfuerzo de visibilización, concientización y educación, será poco.

Pero se empieza por alguna parte. La solidez del fallo de la Corte estadounidense siembra un precedente poderoso: si las constituciones de las democracias modernas consagran y tutelan la igualdad de los ciudadanos ante la ley, los ciudadanos no podemos aspirar a menos que eso: absoluta, contundente, y legítima igualdad.

Entonces, ¿No habremos sido aquí más maricones de la cuenta (nunca mejor dicho) en la excesiva sutileza con la que hemos exigido lo que a la luz del derecho, es justo? ¿Por qué aceptamos que se inventen términos y eufemismos para llamarle distinto a lo que debería ser igual?

Esto sí que es normalización, y empieza por la ley: ciudadanos iguales, derechos iguales. ¿Sociedades de convivencia? ¿Unión civil? ¡No! Matrimonio igualitario ya. ¡Igualitico!

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: William Sánchez

Andar conmigo

Una vez, cuando tenía 12 años, me escapé de mi casa. “Me escapé”, digo, para ponerle picante. Le hice a mi madre algún berrinche adolescente, tomé un bus y terminé en el centro. Para que la fuga tuviera gracia tenía que hacer tiempo, así que me metí al cine Rex. Era la tanda de las 2 p. m. de un sábado de 1993. Recuerdo la anécdota no solo porque aquel día vi Jurassic Park , sino porque fue la primera vez que fui al cine solo.

Hace unos días, cenando solo en una pizería de Bogotá, descubrí que todavía en ocasiones comer solo tiene el poder de producirme ansiedad, y no porque lo haya hecho poco. Por mi trabajo tuve la suerte de viajar mucho, joven. La mayoría de oportunidades por invitación, casi siempre solo. Esa afortunada circunstancia me obligó a acostumbrarme a comer solo ahí donde estuviera, ir solo a bares, a conciertos. Andar solo.

La ansiedad responde a que, hacer solos eso que se supone que hagamos acompañados, nos pone en jaque. Nos sorprendería cuán poco común es que la gente vaya sola al cine. No se diga ya a comer sola, cuando no está absolutamente obligada por las circunstancias. Decenas de estudios han intentado dar con el porqué. Por un lado señalan cuánto nos cuesta “gestionar” la soledad: es más fácil estar acompañados, ¡porque eso nos distrae de nosotros mismos! Por el otro lado gravitan los estigmas que asociamos con “soledad”. Para muchos, estar solos, “quedarse solos”, decimos, es casi una condena de muerte en vida.

Hágale cabeza: ¿De cuántas cosas se ha perdido porque “no tuvo con quien ir”? Ese lugar que parece que solo a usted le interesa probar. Ese concierto de aquel guilty pleasure que escucha a escondidas. Ese destino al que nadie entiende por qué quiere ir. Esa película a la que todo mundo le arruga la cara. ¿Por qué no fue solo?

Además de ser una opción –digamos– no descabellada, pasar tiempo sólo con uno mismo es invaluable, particularmente en medio de esta oleada de hipersocialización. Así, varios de los espectáculos y lugares que recuerdo con más cariño, los vi solo. La mayoría de las ideas que luego se han convertido en proyectos valiosos, llegaron mientras andaba solo. Pero ojo: el valor de esos momentos no radica en haber estado solo, sino en que, por haber estado solo, estuve menos distraído.

La soledad nos da espacio, pausa, silencio. Estando a solas tendemos a ser mucho más contemplativos, observadores, detallistas. En el proceso, tamaña paradoja, alimentamos ideas, planes y valiosas reflexiones que acabarán impactando nuestra vida cotidiana en pareja, familia, sociedad.

Esta no es entonces una apología de la soledad. Muchos menos un manifiesto de pretenciosa misantropía. La gracia está en entender que estar solos no significa ser solos. Que tanto valor tienen los momentos que atesoramos con esos a quienes queremos, como los que vivimos con y para nosotros mismos. Y que si uno no sabe estar solo, está acompañado, pero jodido.

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.

Nos encanta la gente

La gente que habla con la boca llena. La que dura la vida eterna usando el cajero automático sin importar que hay fila. La gente que “se cola”. Los que le guardan campo a otra gente. Los que estornudan y no se cubren. Los lavahuevos.

La gente que chilla los dientes para limpiárselos. Los que se ponen a conversar y bloquean los pasillos del supermecado. El payaso que habla a gritos por celular para que medio mundo lo escuche. Los que oyen música en el teléfono, sin audífonos. La familia completa que camina lado a lado y estorba en toda la acera. Los anormales que no saben hablarle a una mujer sin decirle “reina”, “mami” o “linda”. Los taxistas que te dicen “mi rey”. Los maes que dicen “pa”.

Los animales que no usan las direccionales. Los que se sacan los mocos en el semáforo. Los que usan los parqueos para discapacitados, sin serlo. Los que manejan a 20 km/h por el carril izquierdo. Los que parquean sobre la acerca. Los que se van detrás de las ambulancias. Los que se pegan del pito. Los guachimanes.

La gente que no usa desodorante. Los que se cortan las uñas en público. Los que mastican chicle con la boca abierta. Los que contestan el teléfono en el cine. Los tatas que maltratan a sus hijos… ¡hasta en público! Los que no se lavan los dientes. Los que mean sin levantar la tapa. Los que no recogen las cacas del perro.

Los ticos que hablan de “tú”. Los vendedores que te persiguen por toda la tienda. Los que se nos pegan demasiado en las filas. Los que se sirven hielo y no rellenan las bandejas. Los que fingen que están dormidos en el bus para no darle su campo a un adulto mayor. Los que escupen en cualquier parte. Los que se van de vacaciones una semana y vienen hablando con acento extranjero.

La gente que sube un selfie al día. Los que cambian la foto de perfil 3 veces por semana. Los que #usan #hashtags #para #todo. Los que le dan attending a todo y no van a nada. Los que rezan en el muro de Facebook. Los que nos taggean en imágenes basura. Los que hacen check-in hasta en el baño. Las parejas que comparten un solo perfil. Los que dan like a sus propios posts .

La gente que dice “ocupo” en lugar de “necesito”. Los que te saludan con la mano mojada. Los que fuman y les importa un pito a quién le cae el humo. Los que se quejan de todo. A los que todo les incomoda. La gente.

Pensemos en esto: La convivencia se basa en el principio de tolerancia de todo eso que nos hace diferentes. Así por ejemplo, toleramos la idiotez de los otros y generalmente no pretendemos hacer nada para impedirla. ¿Por qué entonces sí nos atrevemos a impedir los derechos ajenos?

Me refiero a diferencias que no se tratan ya de lo que las personas hacemos, ¡sino de los que somos! El que los demás procreen de la forma y con el método que les resulte posible. Que amen a quien decidan, y como mejor les parezca. Que crean en lo que quieran, y que se vean como les de la gana.

Y es que si ya aceptamos que unos sean insoportables, ¿cómo es que nos cuesta tanto aceptar que otros sean felices?

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: Jose Ferrer

Los 15 minutos de mala fama

Tiene que quedar claro de una buena vez, que usted y yo tenemos el derecho inalienable a tomarnos fotos chingos. O con poquita ropa, en baby-doll , en medias, añejos, tirando besos, haciendo trompas, abrazando la almohada, en el espejo del baño pringado de pasta de dientes, bronceándonos en el patio entre la ropa tendida, envueltos en el paño, enseñando la cara, sin enseñar la cara, por delante, por detrás, por debajo, topless , en boxers, sin boxers, ¡o como nos dé la gana!

Nos asiste el derecho de producir e incluso compartir ese material en el marco de las comunicaciones privadas consensuales, entre adultos, de la forma que decidamos.

Disponer de ese material para un fin distinto al de esa comunicación original, robarlo, o reproducirlo, son delitos y deben perseguirse.

También tenemos el derecho de ligar por Internet si se nos hace necesario, nos gusta, o se nos antoja. Podemos hacernos los majes, pero el ligue online o por medio de a pps móviles es una tendencia en crecimiento que no hará más que masificarse.

Hacerse pasar por otra persona, suplantar una identidad ajena, para acceder a fotos o videos y luego publicarlos de forma espuria es un delito y debe perseguirse.

También tenemos derecho a insultar, blasfemar, maldecir, burlarnos de quien queramos y expresarnos con absoluta libertad en todos sus extremos, cuando mantenemos una conversación privada con nuestra gente cercana, por cualquier medio. Hacer público material que estaba destinado a ser privado, reproducirlo o compartirlo son delitos y deben perseguirse.

Está clarísimo: los nuevos tiempos y nuestros nuevos hábitos de comunicación por medio de móviles y redes sociales implican riesgos que no existían en el mundo desconectado. Piénselo: hoy por hoy, gran parte de nuestra interacción social queda registrada… ¡en alguna parte! Conversamos por chat, Whatsapp, hablamos por teléfono, SMS, publicamos en redes, hacemos check-ins , tomamos fotos de casi todo. ¡De casi todo queda evidencia! Mientras en el pasado decíamos que muchos se pasan la vida en busca de sus 15 minutos de fama, hoy no es falso afirmar que nos pasaríamos la vida buscando nuestros 15 minutos de privacidad. Estamos tremendamente expuestos; pero no podemos asumir que estamos desamparados.

Si bien aún insuficientes, el país ha dado pasos importantes para legislar en materia de “delitos informáticos”. Falta ver la ley en acción, pero sobre todo, en manos de la gente. Ya es hora de que, como sujetos de derechos, los ciudadanos aprendamos a ejercerlos.

Uno no renuncia a sus derechos legítimos ante quien los amenaza de forma vil.

Uno se levanta y los defiende. No hay nada más digno.

Publicado en la Revista Dominical de La Nación.
Ilustración: William Sánchez

Estimado Luis Guillermo

Le saluda un ciudadano. Uno del millón trescientos mil que lo elegimos presidente el 6 de abril.No solo le di mi voto, como cientos de compatriotas, yo también convencí a otros de votar por usted. Probablemente porque soy uno de esos pésimos periodistas, convencidos de que, en determinados contextos, la neutralidad es un acto de indiferencia.

Todos mis amigos, familiares y gente cercana votaron por usted. ¡Fuimos tantos! Casi todos votamos con ganas, como quien –por una vez– hace lo que quiere y no lo que le queda. Fue un voto ilusionado, alegre, hinchado de esperanza luego de un febrero inolvidable. La aplastante mayoría del pueblo que decidió cambiar.

Pero en las últimas semanas muchos empezamos a levantar la ceja. Algunos están confundidos, pero no pocos ya incluso se preguntan si aquel 6 de abril metimos la pata.

A mí no me cabe la duda. Estoy convencido de que en las elecciones de 2014 hicimos lo que había que hacer. Pero no estoy seguro de que se esté haciendo ahora.

¡Es que todavía no vemos el camino! Los argumentos se fueron agotando uno a uno: la finca encharralada, los primeros 100 días, los segundos 100 días, estamos empezando, fue Laura, denme tiempo.

También se han ido esfumando los simbolismos, tan corrongos como importantes. Las matas del jardín, la visita a los vecinos, las banderas de colores, el homenaje a Juanito… No es de extrañar esa creciente sensación de que lo simbólico ha ocupado el lugar de lo ejecutivo. Y el cambio, si hay algo que no puede ser, es simbólico.

Hay asuntos de fondo que nos ha costado entender: la apuesta por la DIS, cada vez más desorientada y charlatana. Un clérigo, sostenido contra viento y marea en Presidencia para un Gobierno que defiende la laicidad del Estado. El abultado Presupuesto Nacional de quien se comprometió a demostrar una ejemplar austeridad. La posposición de la agenda de derechos civiles. Las frecuentes contradicciones entre miembros del Ejecutivo.

Habría que sumar los temas de forma: no se agarre con los medios, deje que la prensa haga su parte y usted la suya. No se enfrente a “las redes sociales”, ofrezca espacios de participación efectiva y verá cómo se diluye la crítica majadera. Apueste decididamente por los principios de Gobierno Abierto, por la transparencia, el acceso a la información, y la colaboración. ¡Es un signo de los tiempos y una cita con la historia! Intervenga la comunicación del Gobierno y unifique el discurso, pero no a punta de circulares, sino en torno a una visión compartida.

El reloj corre para “ese cambio creador y fresco” que nos anunció en mayo. Urge capitalizar sus buenas intenciones en acciones que marquen el rumbo. Dibuje el camino suyo, que fue el que elegimos los votantes. Que “el mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe para donde va”.

El momento es ahora.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

¡Síganme los raros!

Doña Argentina siempre decía que su receta para alcanzar las bodas de oro junto a don Raúl, fue que desde el primer año de casados durmieron en cuartos separados. “¡El viejo ronca como un buey!”, refunfuñaba. Vivieron siempre en el barrio de mis abuelos, y la recuerdo repitiendo que durante buena parte de sus cincuenta y tantos años de feliz vida matrimonial, prefirió guardar su secreto de camas, que era también su fórmula infalible para la sana convivencia. “Nadie nunca lo entendió pero así fue como nosotros nos arreglamos. Mi propia madrina nos decía que vivíamos en pecado”, la oí contarle a mi madre alguna vez. Que en paz siga descansando.

Mis amigos David y Juliana fueron un paso más allá y el año pasado cuando se casaron, en lugar de comprar casa compraron dos apartamentos en el mismo piso del mismo edificio. “Cada uno tiene su espacio personal y los dos tenemos ambos espacios en común”, tuvieron que explicarle a medio mundo, porque si algo sobró fueron cuestionamientos. La feliz pareja dice que tienen “lo mejor de dos mundos”, y les funciona. Son esposos que marcan. Leonor y Marco, en cambio, viven y –hasta donde sé– duermen juntos, pero decidieron que no van a tener hijos. Están bien, solos, invierten su tiempo y dinero en viajar, y en continuar sus carreras profesionales, pero cargan la misma cruz: explicar una y mil veces eso que decidieron porque sí.

Mi colega Dinia construyó su casa este año. En lugar de dedicar espacio a una sala, hizo un salón para hacer yoga. “Yo las visitas las recibo en la cocina, y si algo quiero compartir con quienes vienen, es el yoga, ¿por qué ‘tengo’ que tener una sala?”, razonaba. Su familia todavía no entiende el concepto de casa sin sillones.

Por fortuna me sobran los ejemplos. La pareja de ancianas en Naranjo acostumbrada a oír decir que son dos solteras “que se acompañan”, para no tener que explicar que son novias y que juntas se van a morir. Mi estimado Julián y su esposa que pudiendo procrear decidieron adoptar, ante la confusión de familia y amigos. O María Fernanda y Carlos cuya hija menor mostró desde sus primeros años sobresalientes habilidades para el fútbol, y en lugar de regalarle barbies y vestirla de rosado, le han estimulado su talento cuanto han podido. La abuela vive escandalizada.

Todos gente cómoda en su propia piel, haciendo lo que decidieron, y desafiando lo que se suponía debían hacer. “Pensamos que ‘normal’ equivale a abundante, a habitual, a mayoritario. Pero no; en realidad, nos remite a la norma, a la ley, al mandato social”, escribía Rosa Montero uno de estos días en su columna de El País.

Leyéndola caí en cuenta de que, desde siempre, me cautiva la gente “anormal”. La que no sacrifica energía, felicidad, realización, ni placer para ajustarse a convenciones, costumbres, y estándares. Al castrante mandato social.

Son los que nos incomodan, nos descolodan y nos confunden. Los que deciden transgredir lo esperable para volverse extraordinarios, aún en los asuntos más cotidianos. Los que encuentran y defienden su propia fórmula. Los que descubrieron temprano que no hay camino…

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Eso que no aprendí en la escuela

La escuela no me enseñó a comer. A no engordar, ni a procurarle a mi cuerpo los nutrientes para conseguir algo más que la mera supervivencia. Sí, sí, seguro nos hablaron en Ciencias sobre los grupos alimenticios, y medio entendimos la diferencia entre vegetales, legumbres, verduras y hortalizas. Pero nadie me enseñó a alimentarme, ni mucho menos por qué era importante.

Aprendí sobre nutrición por mi cuenta, recién en los últimos años, después de lidiar ya con varias de las consecuencias de haber sido un analfabeta alimenticio.

La escuela no me enseñó a correr. No me enseñó a moverme, a no ser una maceta. Mis clases de “educación física” fueron clases de fútbol, que para mi eran sesiones de tortura. Encandilado por el deporte rey, el sistema educativo fracasó en hacerme entender la importancia de –cualquier– deporte y de la actividad física para el bienestar integral.

De la ausencia de una verdadera educación física heredé casi 15 años de sedentarismo. Descubrí el deporte por mi cuenta, tarde, después de lidiar con varias de las consecuencias de mi vida de ameba.

La escuela no me enseñó a coger. Sí, nos hablaron del sexo de los libros, pero no del de la cama. Nos dijeron cómo se llaman las partes, pero no nos explicaron cómo disfrutarlas. Nos metieron susto en lugar de meternos gusto. Nos enseñaron sobre reproducción, pero no sobre afectividad, y mucho menos sobre placer.

De sexualidad también aprendí por mi cuenta, por urgencia y por morbo; echando a perder.

La escuela no me enseñó a tener. No me enseñó a ahorrar, a pedir, a deber, a pagar. No me advirtieron mis Niñas sobre la importancia de las finanzas personales y el impacto que tendría en mi desarrollo personal y profesional.

Aprendí las mañas del crédito y de la banca por mi cuenta, después de manchar mi historial crediticio con el estigma de la ignorancia, y descubrir que tarda cuatro años en desvanecerse.

Es sabido que las cosas más cruciales de la vida se aprenden en la vida. Pero me refiero aquí solo a algunos asuntos medulares en el desarrollo de la persona que deberíamos interiorizar en el principio de nuestra educación, que es también nuestro debut en sociedad.

Su importancia se entiende cuando descubrimos el impacto que esas carencias nos producen hoy, a nosotros y al resto, cuando todos nos hicimos adultos.

Por fortuna es mucho lo que se ha avanzado en los últimos años. La visión integral del deporte y el bienestar, o los programas de educación para la afectividad y sexualidad, están hoy a años luz en el futuro. Pero mucho más está pendiente.

Si uno pregunta “¿Qué le quedaron debiendo los primeros años de su educación?”, se sorprende con las respuestas. Inteligencia emocional, emprendimiento, pensamiento creativo, empatía, cultura tributaria, razonamiento y opinión, tolerancia, discusión sana y disentimiento, y una larga lista más.

¿Se lo ha preguntado usted? Se lo dejo de tarea, aunque sea domingo.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.