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Mi papá, Carl Sagan

Como nunca se lo he dicho, es probable que él no lo sepa. Desde mis más tempranos recuerdos de infancia, me veo rodeado de libros. La mayoría viejos, amarillentos, marcados por el sello de las compraventas, tiesos de uso; leídos por él con su voracidad de estudiante universitario en los 70. Los rincones de mi casa se rellenaban con libros; los libros de mi papá. Así que todo lo que leí fue culpa suya.

Siendo chamaco descubrí a Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, y la Breve historia del tiempo , de Stephen Hawking. Una trinidad de científicos progresistas y agnósticos que yo devoraba tan confundido como fascinado.

Pero casi podría recordar el día exacto en que, desterrado en el fondo de las gavetas altas del clóset de mi cuarto, encontréCosmos , la obra cumbre del astrónomo Carl Sagan. Una joya de la curiosidad, la imaginación y la obsesión por la comprobación. Un ensayo virtuoso que pone en perspectiva al hombre con respecto a la sobrecogedora inmensidad del universo, que es “todo lo que fue y todo lo que será”.

Probablemente ningún otro libro, ningunas otras ideas, configuraron mi mente infantil con tal contundencia.

“Luego de cada día de escuela, regresaba a casa a sumergirme en tutoriales de escepticismo y lecciones de historia secular del universo, una tertulia de sobremesa a la vez”, recuerda Sasha Sagan, la hija mayor del astrónomo. Lo cuenta en un maravilloso texto publicado este abril por New York Magazine .

Sasha narra cómo, con paciencia franciscana, su padre respondía cada una de sus dudas de niña, siempre desde la certeza del dato, y no desde la imposición de la autoridad. De la fascinante relatividad del tiempo hasta la pasmosa permanencia de la muerte.

“Siempre me explicó, tiernamente, que es peligroso creer en las cosas solo porque nosotros queramos que sean ciertas”, recuerda. “Me enseñó que todo lo que es cierto tiene que resistir al cuestionamiento”, que es también una de las más sólidas premisas de la obra de Sagan.

He vuelto a Cosmos un sinnúmero de veces para aprender siempre algo distinto. Pero la idea que se implantó en mi cabeza desde temprano, es la de la perspectiva; la máxima de entendernos siempre en el contexto de nuestras propias circunstancias. Primero, a escala universal: “Con respecto a una estrella, somos efímeras moscas de fruta cuya vida transcurre en el curso de un solo día”, razonaba Sagan. Pero también en la mucho más mundana escala de nuestro día a día: es decir “en lo vasto del espacio y en la inmensidad del tiempo” quiénes somos, a quiénes tenemos al lado, y qué es lo que podemos hacer.

Mi papá no fue Carl Sagan, pero hizo lo que pudo en su propio universo y propio su tiempo. No me dio mucha lecciones, pero me dio libros repletos de lecciones. No me enseñó a rasurarme, o a hacer el nudo de la corbata. Tal vez, de hecho, no me enseñó él mismo demasiadas cosas, pero me dio algo mucho más valioso: la curiosidad para averiguarlas.

En órbitas distintas nos hemos alejado, para regresar siempre. Ahora, Pa, nos queda el tiempo y el espacio para entendernos, o al menos hacernos preguntas.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Píldoras del día después

El día después uno probablemente amanece de goma.

El día después uno siente cuánto realmente dolió el golpe.

El día después nos sale el morete.

El día después es cuando reclaman los músculos.

El día después toca lavar los platos.

El día después se quitan las vendas.

El día después uno desempaca.

Es el día del jet lag.

El día después se comienza a entender la trascendencia de un logro.

El día después se le busca lugar al trofeo.

El día después es cuando pasamos de celebrar a asumir.

Es cuando procedemos.

El día después uno estrena.

El día después uno descubre con quién amaneció, y cuánta gente se dio cuenta.

El día después uno se entera que existen fotos, y ya están en línea.

Es el día de la vergüenza.

El día después se entierra al muerto.

El día después es cuando se siente una ausencia.

El día después uno desmenuza las palabras. Se devuelve sobre lo dicho.

Es el día de la reafirmación. O el arrepentimiento.

El día después uno ve las repeticiones.

El día después renuncia el director técnico.

El día después es cuando ya no hay quite, y no hay excusa.

El día después empezamos a pensar en el día después.

El día después casi siempre es domingo.

En el día se vive. Pero el día después se piensa, se siente, y se entiende.

En el día uno se entera del qué, y el día después entiende el cómo y el por qué.

El día después es cuando realmente empieza a correr el tiempo, fuente por excelencia de perspectiva y serenidad sobre lo vivido.

El día después es cuando el presente se transforma en futuro, y el hecho se convierte en sus consecuencias.

Es la distancia mínima que tendremos sobre lo inmediato.

Lo más cerca que vamos a estar de un momento que a partir de entonces solo va a alejarse.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Se atormenta una vecina

La estación lluviosa es lo que ocurre en Costa Rica durante todo el año, con excepción de la Cuaresma. Empieza el Viernes Santo y termina el Miércoles de Ceniza del año siguiente, con una que otra pausa en enero para que se asoleen los chiquillos y se seque la ropa. Aquí el invierno es el statu quo. La lluvia es todo el clima. Uno dice “ya entró el invierno” como quien dice “hoy es domingo”, o “ya son las cuatro”. Sin embargo, todos los días nos asombramos de la lluvia como si nunca hubiera llovido. Un síntoma revelador de que la costumbre del tico es impermeable. Decimos “¡está lloviendo!” con legítima sorpresa, como quien dice “¡no hay papel higiénico!”, o “¡estoy embarazada!”.

El invierno retrata nuestra capacidad de asombro. Como nunca la esperamos y cada día nos sorprende desprevenidos, le echamos a la lluvia la culpa de todo lo que no es culpa del gobierno de turno. Decimos “como resultado de las fuertes lluvias” como quien dice “por una serie de eventos desafortunados”.

Deslaves, huecos, cráteres, apagones, inundaciones, alcantarillas taqueadas y las presas de todos los días. Todo ocurre porque llueve. El invierno es el apocalipsis.

La lluvia es un infalible dinamizador de la economía. Activa una aceitada maquinaria de compra y desaparición exprés de paraguas. Armazones de varillas desechables con una esperanza de vida nunca mayor a las cuatro semanas. Los compramos, cada uno, seguros de que este sí va a durar. Acabamos diciendo “perdí la sombrilla”, o “se me jodió el paraguas”, más veces al año de las que decimos “mañana es feriado”. El invierno es saber perder. La lluvia es uno de los lubricantes sociales por excelencia. ¿De qué nos hablarían, si no, los taxistas y las señoras en los buses? Nos dicen “hace viento como de lluvia”, “ya se viene la de los frescos” o “qué aguacero verdad, pa ”, como quien dice “buenas”. El invierno es el tema de conversación de las conversaciones muertas. Nos encanta que llueva, pero en otra parte. Decimos “la lluvia es una bendición” como quien dice “¿por qué diablos no llueve solo en Guanacaste y en Cartago?”. Porque la lluvia es mejor vista desde el verano. Y mayo era mejor cuando estábamos en abril.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Carta a mí mismo cuando tenía 20 años

Mae. No voy a preguntar cómo estás, porque lo recuerdo. Estás bien, y los años que vienen vas a estar bien. No tengo mucho tiempo (no lo vas a tener, pues) ni mucho espacio. Apenas 2.500 caracteres para decirte algo importante desde el futuro. Así que elijo esto: ¡Viajá más, huevón!

Si te vas a empeñar en algo, empeñate en irte. Cada vez que podás, y cada vez por más tiempo. Seguí los mismos sueños, hacé los mismos planes, emprendé los mismos proyectos y repetí los mismos errores si querés. Pero viajá más.

En los próximos años, te van a distraer ideas, sentimientos y personas. Aferrate al plan, que yo sé lo que te digo. Invertí en viajar, que es invertir en vivir. Usá lo que te ganés para alejarte de vez en cuando, que no puede haber perspectiva sin distancia. Andate y volvé, y andate. Creéme que nada te va a dar momentos de mayor felicidad.

Viajá joven, las circunstancias no harán más que complicarse luego. Viajá lejos y viajá cerca. Viajá con tu gente más querida, viajá solo; viajá soltero.

Sólo después viajá en pareja. Nada pone a prueba el amor como viajar juntos, decía Mark Twain, viajero incansable y astuto que encontró el amor, viajando.

Caminá, caminá, caminá. Gastate los pies recorriendo calles nuevas. Perdete sin miedo. Hablá con desconocidos, escuchá todas las historias, hacé todas las preguntas. Comé solo, comé en pelota, comé sin prisa, comé de camino. Comé allá lo que nunca vas a comer acá. Lo caro y lo barato, lo verde y lo rojo, lo duro y lo espeso.

Exprimí cada día y cada noche. Emborrachate al menos una vez en cada ciudad. Probá todo lo que no te mate. Hacé el ridículo. Enamorate por un par de días. Amá en otro idioma. Hablá en lenguas. Tocá la gloria.

Viajá con humildad, que es lo que garantiza la capacidad de asombro. Asombrate de lo épico y de lo simple, de lo extraordinario y de lo mundano. Asombrate de los olores, de los colores, de la naturaleza y de lo que la gente hace con la naturaleza. Asombrate del arte, del caos, del futuro y del pasado, de lo exquisito y lo repugnante. Aprendé sin soberbia y dejate arrollar una y otra vez por el asombro, que es lo que hidrata al alma y el cerebro. Que “viajar es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”, escribió Twain en sus crónicas. “Nadie adquiere una visión amplia, saludable y generosa si se queda en una esquina de la Tierra toda su vida”, remataba.

Vas a ver que el mundo se va a hacer más pequeño. El obstáculo entonces será tu voluntad, o la falta de ella. Me habría gustado entenderlo más temprano. Que no te pase.

Por cierto: en el título digo “carta” por decir cualquier cosa. En el futuro nadie escribe cartas. Ni siquiera cuando está de viaje.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación, el 20 de abril de 2014.
Este texto fue la 3era publicación más leída del año 2014 en Nación.com, y desde su publicación ha sido reproducido por múltiples medios de Latinoamérica.

La tía Política

Qué feo decirlo, pero la tía está pateando el balde. Y habría que agregar: ¡ya era hora! Acaba de cumplir 66, pero no es por vieja que se muere, es por tonta.

Nunca fue mala, lo que se dice mala. Vivió siempre con buenas intenciones; como en el camino al infierno. En el fondo, siempre quiso lo mejor, buscó el bien, y bien que mal se pasó de buena, de buenaza, de tontoneca. Especialmente en los últimos años a la tía la hicieron para donde quisieron. La rodaron, la cuentearon, ¡la embarcaron! Se espabiló un par de veces, pero ya era tarde, estaba hasta el cuello. Acorralada, se mantuvo disimulando. Tapando tortas. Fingiendo amores, compadrazgos, y demencia. Cobrando favores. Pelando dientes. Torciendo brazos.

Se volvió irreconocible. Estaba embarrada en una trama infinita de intriga, compromisos, triquiñuelas, atajos y ardides, secretos y chantaje. Cayó en desgracia. La ficharon de corrupta, de amañada. Una bruja. La expusieron como chivo expiatorio. Se burlaron de ella, la ningunearon, la pisotearon, le hicieron memesy los muchachos del barrio la llamaban loca.

Todavía hoy en su lecho de muerte, en medio de su agonía, sigue sin entenderlo. ¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que cambió?

No comprende por qué dejaron de funcionar sus mañas adquiridas. Por qué perdieron efectividad sus malos hábitos. Qué tienen de malo sus ofertas que ya no compran lealtades, simpatías ni cariños. Qué tienen de malo sus ocurrencias que ya no emocionan, sorprenden ni esperanzan. Qué tienen de malo sus dichos que solo generan rechazo y aversión.

–¿Qué fue lo que no vimos? ¿Qué estábamos haciendo mientras esto pasaba? ¿Por qué ya nada es como antes?– se pregunta en sus ratos de lucidez, cada vez más escasos.

Se muere la tía. Angustiada, confundida, venida a menos. Hoy cumple seis semanas en coma, y ojalá descanse. Que pase a mejor a vida, y con ella sus embustes y sus timos.

Solo sabía hacer las cosas a su manera, y sus maneras ya no las soporta nadie.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Puras vidas

Siempre tuve la seguridad de que iba a morir joven. Pero este fin de semana cumplo 33 años, “la edad de Cristo”, y empiezo a pensar que tal vez ya no me dio tiempo. Ni siquiera puedo intentar explicarlo. Era un zumbido en mi cabeza desde la adolescencia; una sensación recurrente de que no iba a tener una vida larga. Ese presentimiento ha sido uno de los combustibles en mi vida. Una premura por alcanzar metas y concretar objetivos rápido, pronto, joven. Aprender joven, trabajar joven, viajar joven, amar joven, probar joven. Live fast, die young, ¿alguien? Si hilamos fino, podríamos decir que es vivir en función del final; y que el final no llegue. Fallido el pálpito fatalista, solo me quedan los indicadores demográficos.

Según la estadística, estoy apenas en el 40% de la vida de un hombre costarricense promedio. Eso quiere decir que tengo un 60% de vida con el que no contaba. ¿Qué diablos hago con ella? “Todos los que ya tenemos cierta edad sabemos que en una vida siempre hay varias vidas”, dice la escritora española Rosa Montero. Ella, en sus sesentas, sabe algo que yo apenas vislumbro. Se refiere a nuestra capacidad para cambiar el rumbo una, dos, cinco veces en la vida. A los múltiples chances que tenemos para crear, para inventar qué es lo que queremos hacer, y ser. A la posibilidad real de asomarnos en existencias distintas; de respirar otro aire. De meter una vida dentro de otra, como las muñecas rusas. “Yo voy como por mi tercera existencia importante, sin contar las ramas colaterales de pequeñas vidillas”, bromea.

¡Solo tenemos una vida!, nos repitieron siempre para cargar de dramatismo lo que podría ser ligero. En realidad, la vida está repleta de oportunidades para convertirla en otra. Lo único constante es el cambio, dijo Heráclito, palabras más, palabras menos. Entonces ¿por qué cambiamos tan poco? Nos aferramos toda la –única– vida a las decisiones que hemos tomado en el pasado, aún y cuando hayan perdido vigencia.

Nos pasa con lo que estudiamos, con el lugar donde vivimos, con el trabajo, hasta con aquello de que “solamente una vez, amé en la vida”, como sentenciaba el bolero de Agustín Lara.

La idea de vivir “más de una vida” es apasionante. Se puede entender en grande: cambiar de país, de profesión, mudarse, emprender, casarse, ¡divorciarse! O se puede entender en pequeño: estudiar algo nuevo, renunciar a un trabajo insufrible, adoptar un deporte, pedir perdón, o cambiar un mal hábito (como dejar de pensar en cuánto tiempo queda). Así, uno se puede morir de mentirillas a los 33, o a los 45, o a los 22. Y otra vida sigue.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

¿El fin justifica los miedos?

“Dime a qué le temes y te diré por quién votarás”, escribió uno de estos días el analista Gustavo Araya. El muy estimado se adelantó a la respuesta y planteó varias opciones: a) Corrupción b) Privatización c) Ideología d) Inexperiencia. Pero fue con la pregunta inicial que Araya dio en el blanco: si hay un protagonista en las elecciones de este próximo 2 de febrero, es el miedo.

Es tan obvio que es el argumento más esgrimido por unos y por otros, que se acusan víctimas o denuncian victimarios. “Campaña del miedo”, dicen, cuando lo cierto es que estamos frente a una “elección del miedo”, que no es nada menos que la encrucijada de escoger entre el menor de los temores distintos.

Tan tétrico panorama no es nuevo. El miedo ha sido decisivo al menos en los últimos tres procesos electorales en Costa Rica, incluyendo el referendo de 2007. Una trampa nefasta en la que los ciudadanos ya no elegimos líderes con base en la confianza, o al menos en la esperanza, sino en el miedo a sus adversarios y las amenazas que –nos dicen– representan.

No gana, entonces, el que mejor convence y cautiva. Paradójicamente gana el que más asusta.

Esa es, si me permiten la hipérbole alarmista, la definición de terrorismo: la coacción de la sociedad mediante el terror. El miedo como arma de desinformación masiva: “Asusta, asusta, que algo queda”, deben sostener los actuales tramadores de tan infames estrategias.

Hay dos respuestas frente al miedo, incluso si se aborda desde la fisiología y la bioquímica: la acción y la paralización. El miedo es por igual capaz de movilizarnos, o de congelarnos, pero nadie duda de que es un pésimo consejero: altera nuestra percepción y capacidad de discernimiento, nos predispone, nos vuelve impulsivos, y nos dificulta ponderar la escala real de una amenaza. Nadie decide con lucidez cuando lo hace motivado por el miedo. Rusell escribió que conquistar el miedo es el principio “del camino a la sabiduría”.

Pero este 2014 decidimos los menores de 35 años. El miedo se enfrenta en las urnas a la generación de la irreverencia, que no es otra cosa que la renuncia decidida a disfrazar de “respeto” los paradigmas que históricamente se han sostenido por miedo. No la tiene fácil.

Tampoco hay que confundirse: no hace falta tomar partido para rechazar el miedo como herramienta de propaganda, de sumisión y de confusión. No hay miedo de derecha y miedo de izquierda. Solo está el miedo; y apesta. Porque lo único más peligroso que una persona con miedo, es que una persona con miedo vaya decidir su futuro y el mío.

“En la vida no hay que temer, hay que comprender”, decía la doble Premio Nobel, Marie Curie. “Es tiempo de saber y entender más, para temer menos”.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

La felicidad en serio

Hace 39 años, el día que fue coronado como monarca del reino de Bután, el joven Jigme Singye Wangchuck esbozó un concepto que se convertiría en un mantra visionario nacido en el extremo oriental del Himalaya. Propuso que “la Felicidad Interior Bruta” (FID) de su gente debía ser más importante que el Producto Interno Bruto, como criterio para definir el modelo de desarrollo y guiar las políticas públicas. Pero ¿se podía medir la felicidad?

La visión del rey marcó el destino del país durante las últimas tres décadas. Bután, en el sur de Asia, entre India y el Tíbet, es una monarquía parlamentaria y tal vez la democracia más joven del planeta.

El principio butanés de la felicidad parte de cuatro ejes que definen cada decisión oficial: desarrollo socioeconómico sostenible, la preservación de la cultura, la protección del medio ambiente, y el “buen gobierno”.

La procura de la Felicidad Interna Bruta se la encomendaron a una comisión de rango ministerial, que mide el subjetivo concepto de “felicidad” de los butaneses. Lo hacen aplicando una encuesta anual con preguntas sobre salud, educación, vitalidad, relaciones comunales, uso del tiempo, etcétera. Los resultados alimentan un algoritmo que arroja valores finales, que luego pueden desagregarse por género, zonas geográficas, o cualquier otra variable, para su aplicación en la toma de decisiones.

El algoritmo es similar, en principio, al empleado por The New Economics Foundation para la elaboración del Happy Planet Index, el ranking de la felicidad en los países, del cual Costa Rica es bicampeón invicto (2009/2012).

En estos días recordé el caso de Bután a partir de Happy , un documental del cineasta nominado al Oscar, Roko Belic, que explora la percepción de la felicidad personal en gente de 18 países con las más variadas condiciones socioeconómicas y personales; y cuestiona (como si hiciera falta) la correlación entre capacidad adquisitiva y felicidad, a partir de los hallazgos recientes de la psicología positiva.

Pero esa reivindicación de la felicidad, entendida como el ansiado estado de bienestar integral de la persona y de su comunidad, no es nueva. Está presente desde la filosofía a la economía, de Aristóteles, a Russell, a Stiglitz, pasando por Thomas Jefferson, que ya en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos planteaba “la búsqueda de la felicidad” como derecho inalienable del hombre.

La novedad está en las distintas –y más o menos objetivas– posibilidades de “medición de la felicidad” para hacer viable su aplicación como instrumento para guiar políticas públicas.

En nuestro caso, tal vez es hora de hacer las paces con el título de “el país más feliz del mundo” que, infelices, muchos asumimos con chota y sarcasmo en su momento. Y decidir el camino no solo a partir del ¿qué y cuánto vamos a ganar?, sino del ¿cómo nos vamos a sentir?

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Salvar un voto

Oficialmente llevamos apenas un mes de campaña electoral, y faltan tres más. Nos toca a usted y a mí decidir a quién le damos el brete , y tenemos solo dos alternativas: hacernos los majes y creernos el cuento de que uno puede decidir que la política “no le importa”, y que gracias a eso tampoco le afecta (¡cajita blanca!). O, dos: ponernos vivos y hacer la tarea, que en campaña avisada nadie muere embarcado.

A partir de ahora, y hasta el día de las elecciones, por definición asuma que lo están engañando. En una campaña política todo es una mentira hasta que se demuestre lo contrario.

Disfrute de los anuncios de televisión, véalos todos, compárelos, y luego ignórelos. En Costa Rica, la publicidad electoral rara vez aporta algún insumo útil para tomar una decisión informada. Nos han acostumbrado a que los anuncios en campaña son el bling-bling de la democracia: no le sirven de nada a nadie. Solo a quien los cobra.

Ignore las maromas, los grandes actos, los shows políticos, la parafernalia, el confeti y la pólvora. La mejor forma de esconder una cosa es mostrar otra. Que no lo distraigan.

Escuche y lea todas las entrevistas que pueda. Oiga responder a los candidatos. Escuche con atención lo que los periodistas cuestionan, y cuestione usted a los periodistas. Piense en las preguntas que faltan, en las que nadie ha hecho. Hágaselas llegar a los medios.

Critique a este periódico, y a todos los demás. Exija que la prensa haga una labor balanceada, y reclame espacios para los candidatos a los que usted quiere escuchar. Usted tiene el derecho, y los medios, el deber.

Conocer los planes y propuestas de los candidatos es fundamental, nadie lo duda; pero si solo tiene tiempo para concentrarse en una cosa, mejor ocúpese de conocer sus trayectorias. Para mañana, cualquiera ofrece el cielo y la tierra, pero el ayer habla de quiénes son hoy. Es más importante lo que han hecho que lo que prometan hacer.

Entienda el contexto. Un presidente es él y sus circunstancias. ¿Cuál es su ideología? ¿En qué cree? ¿Con quién se junta? ¿Quién lo acompaña? ¿Quién le va a ayudar? ¿Quién lo inspira? ¿Por qué quiere gobernar?

No vote en blanco y no anule su voto. Es un desperdicio, aunque uno que otro rebelde tardío quiera convencerlo de lo contrario. El único “llamado del pueblo” que le importa a un candidato es el que lo hace presidente, o lo condena a perder.

Tome una decisión y vaya a votar con la frente en alto. Es el máximo ejercicio de ciudadanía. ¡Y espabílese! Que la democracia es una fiesta, pero la campaña es una fiesta de disfraces.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

¿Necesitamos buenas noticias?

Están de moda. ¡Son lo último en la tele criolla! Tanta es la algarabía que rodea a las “buenas noticias”, que son las protagonistas de uno de los piques más interesantes en años, entre los dos canales de televisión con mayor audiencia.

La llegada de + Que noticias , el primer programa de Teletica que parece hecho por Repretel, sacude un territorio hasta ahora monopolizado por Informe 11 . El auge invita a preguntarnos si las “buenas noticias” eran una necesidad, o son un lavado de conciencia.

Empecemos por el principio, ¿cuáles son las buenas? Podemos separar la fórmula en sus componentes: algunas historias “humanas” (idealmente lacrimógenas), notas de corte costumbrista y locación rural, ejemplos “inspiradores”, gotitas de autoayuda, secciones “educativas”, y contenido de relleno tomado de Internet.

Si las nuevas son las “buenas”, las noticias de antes, las convencionales, ¿son las “malas”? ¡De eso se les acusa!: coronaron al suceso común como amo del rating , y privilegiaron un periodismo efectista que explota a placer el morbo del espectador.

Con esa receta de sangre y drama, las noticias por televisión han reinado por décadas. Según un estudio de marzo de 2012, a cargo del Idespo de la Universidad Nacional, el 95% de los costarricenses ubicó a la televisión como “el principal medio para informarse”, y 7 de cada 10 costarricenses dijo confiar en ese medio para formar su propia opinión sobre asuntos de actualidad.

Esos datos son preocupantes, pero este es revelador: se le consultó a los encuestados cuán informados se sienten sobre distintas temáticas. El primer tema sobre el que los ticos dijeron estar “muy informados” fue “sucesos” con un 64%, seguido por “deportes” con un 63%.

El sólido legado de las “malas noticias”.

Si bien los noticiarios no pueden ser responsabilizados por la realidad que les corresponde reportar (imaginemos por ejemplo, pedirle a un noticiario de Ciudad Juarez, o de Tegucigalpa, que evite el contenido violento), sí son responsables por la forma en que abordan y difunden cada hecho particular. También está en sus manos la selección y jerarquización de los temas, y el tiempo de aire que se le destina a cada asunto.

Por medio de esas herramientas: enfoque y agenda, un mismo hecho, con claros valores noticiosos, puede ser presentado como una “buena” o “mala” noticia. O se puede generar la percepción de que una determinada temática es más importante que otra.

No son más las “malas noticias”; pero sí son más fáciles de convertir en audiencia. El enfoque alarmista, dramático, y bochinchero se impone. El optimismo –por su parte– siempre cae bien, y se agradece. Pero más que las nuevas “buenas noticias”, muchos esperamos con ansias más noticias buenas: ciertas, oportunas, precisas, relevantes, y cómo no: humanas.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.