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La rebelión de los impacientes

Iba a ser un tranquilo viernes feriado. Minutos después de abrir los ojos, un dolor ácido y punzante alojado entre mi ombligo y espalda cambió cualquier plan de descanso por otro de emergencia. Para describirlo, tendría que compararlo con una patada violenta en el costado del abdomen, pero cuyo dolor se queda, permanece, incomodando cualquier movimiento como una estaca brusca.

Con ayuda, llegué a Emergencias del Hospital Calderón Guardia. Escalofríos, sudor, dificultad para caminar, esa brasa bajo el estómago y la seguridad de que me esperaba un trance que –según yo– se extendería por días. Pasé ahí las siguientes siete horas.

Hay que decirlo con todas las letras: el servicio de nuestro sistema de Seguridad Social es cruel. Los hospitales están llenos de gente que reboza carisma y mística, pero también esos profesionales son rehenes del contexto: estructuras, procesos y hasta actitudes bastardeadas por décadas de impericia en la administración, la mecanización y desvalorización del acto de servir, y el parasitismo que parece drenarlo todo.

Una maquinaria a la que nadie en su sano juicio se enfrentaría en un día cualquiera; mucho menos en un momento de dolor, de vulnerabilidad, de enfermedad. No faltará quien diga que las críticas a la Caja son exageradas, que son ataques injustos, que no valoramos lo que tenemos. Pero cualquier argumento sucumbe ante la experiencia. El que lo sobrevive, lo sabe. Es un ciclo de revictimización que ciertamente al final cumple su tarea: uno se cura, pero porque la única otra alternativa es morirse.

En la base de este ecosistema, estamos los pacientes. Desde hace al menos una generación, los costarricenses asumimos que así son las cosas, que solo nos queda resignarnos, que hay que ser sumiso y ‘sobalevas’ para jugársela en el microcosmos de Emergencias, de Consulta Externa, de Inyectables, del Laboratorio, etcétera.

Ahí estábamos todos ese viernes. Priscilla, que me recomendó entregar las muestras al laboratorio antes de recibir una inyección contra el dolor: ya sabe cuántas horas dura un resultado que debería tomar minutos. Húber, que conoce cuál enfermera hace muecas y cuál hace milagros. Denia, que sabe bien que el tramadol no le hace ningún efecto pero es lo que le recetan cada vez que vuelve vencida por el dolor de sus piedras en los riñones. Don Rodolfo –‘Fofo’– que tiene identificado cuál doctor es un patán con su hijo diabético, y cuál no. Hilda, que casi puede recitar de memoria la lista de medicamentos que están agotados, y la de genéricos de la farmacia que no sirven para un carajo. Los pacientes, sumisos, agradeciendo. En lugar de desafiar a un sistema nocivo, nos adaptamos a él.

Para unos, es un mal rato al que nos asomamos por siete horas. Para otras miles de personas, es un dolor que se queda; permanece. Hasta que a los pacientes se nos muera la paciencia.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Se buscan héroes

Si me ponen a elegir, prefiero un país de héroes, que uno de milagros. Pero mala suerte la mía; en esto también pertenezco a la minoría: este es un país sin héroes. Y cuando nadie lo esperaba –ni mucho menos, contaba con ello– aquí donde “no pasa nada desde el Big Bang ”, ocurrió un milagro.

La dimensión épica que adquirió hace algunas semanas la historia del milagro local que hace santo a Juan Pablo II, es un llamado de atención: nuestra prensa, como nuestro pueblo, tiene sed de figuras. Buscamos con desesperación héroes, o milagros.

Los héroes no son una cosa menor. Para los países y sus pueblos son referentes esenciales para la construcción de la identidad nacional. Son los ejemplos que seguimos, los estandartes de lo que fuimos, somos y queremos ser. El de nuestro país es un caso curioso. Costa Rica tiene solo dos héroes históricos. El más icónico, un soldado humilde rodeado de un aura más cercana a la leyenda que a la historia, y construido en buena medida sobre tradición oral de finales del siglo antepasado. Casi como los milagros.

Por supuesto que vivimos rodeados de héroes cotidianos, de esos que hacen posible la vida misma en circunstancias imposibles. También abundan los ejemplos de compatriotas exitosos en sus ámbitos profesionales, académicos, artísticos, deportivos; y seguramente la mayoría de esas historias no las conocemos. Miles de héroes igualiticos invisibilizados por la falta de pompa y circunstancia. Esos son los referentes propios, el héroe que nos inspira a cada uno. El que falta entonces, es el héroe contemporáneo descollante; el que se acerca al mito e impacta en la historia del país. Pero cabría preguntarse también si tenemos mártires, o grandes villanos, o enemigos públicos, o grandes causas comunes. Y es que ¿de qué se nutren entonces nuestras pasiones?

El problema con los pedestales para los mitos, cuando están vacíos, es que los ocupe cualquiera. Que, como no pasa nada, algún día nos encandile cualquier chispa, y nos hipnotice cualquier cantar. Un caldo de cultivo idóneo para la aparición de charlatanes populistas, y para la manipulación de la fe y las convicciones de la gente, con fines oscuros como sotana de obispo.

Así que llegó la hora de todos los héroes. Del triunfo de la razón, la educación y el conocimiento. De la capitalización del esfuerzo, la disciplina y la constancia. De gestas asombrosas que planten el camino para el futuro de Costa Rica. Este país en el que, con mucha frecuencia, parece que hasta ahora todo ha sido un milagro.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.

Gracias, Justo

Este miércoles 1.° se va Justo. No sabremos si llegó finalmente el tiempo de Dios, pero sí habrá terminado su paso por la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos del Congreso. Aunque nada es imposible en una Asamblea Legislativa díscola e incoherente, la reelección parece improbable. ¡Roguemos al Señor!

Para muchos, Orozco se va por la puerta de atrás. Encarna la verguenza de un error que no se rectificó, carga con la absoluta deslegitimación del puesto que ocupó, y arrastra el peso de sus propios gazapos y oprobios. Empeñado en legislar, gobernar e imponer a partir del dogma religioso y la creencia propia, se convirtió en el rostro visible de la Costa Rica más fundamentalista. El enemigo de la minoría sexualmente diversa, y como consecuencia, de los derechos humanos como concepto universal e igualitario.

Pero ese epílogo está incompleto, y probablemente es un análisis –nunca mejor dicho– injusto. Estoy convencido de que su posición en la historia será otra: nadie ha potenciado la conquista de la igualdad de derechos para las personas sexualmente diversas en Costa Rica, como Justo Orozco.

Lo primero que habría que conceder: Justo fue franco. A diferencia de otros diputadosnaguas meadas, él dice esta boca es mía, y eso se respeta. Lo que acostumbra a decir es pavoroso, pero es sincero.

Esos dichos y sus actos visibilizaron, en todo su esplendor, a ese segmento de nuestra sociedad aferrado a la preservación del status quo que priva de derechos a una minoría, por indiferencia (o decidida intención) de la mayoría.

En su flamante protagonismo, Justo radicalizó el discurso, lo que produjo polarización. La consecuencia fue la aglutinación del movimiento pro-derechos civiles, y la presión para que otros líderes políticos, medios de comunicación y ciudadanos de a pie tomaran una postura; cualquiera.

En la Comisión consiguió vetar el Proyecto de Ley de Sociedades de Convivencia, y retrasar lo inevitable algunos meses o años. Pero sus acciones detonaron la manifestación más masiva que haya visto este país, en pro de la igualdad de derechos para las minorías sexuales. Un músculo que no solo no habíamos visto ejercitarse, sino que probablemente no se habría despertado de no haber existido tan vil provocación.

Lo apuntaba entonces un editorial de este periódico: “Los políticos despiertan a la nueva realidad del activismo, que aprovecha las posiciones radicales de Orozco para labrarse un espacio en la vida pública nacional, con el indispensable ingrediente de la organización”.

Para este nuevo triunfo de los derechos humanos es solo cuestión de tiempo, porque “no existe nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado la hora”.

¿Y Justo? Justo es recordar que nadie sabe para quién trabaja.

 

Publicado originalmente en la Revista Ocio de La Nación.

La política no me importa

¿Ha escuchado esa expresión? Por dicha no es generalizada, pero sí se ha vuelto recurrente, especialmente entre gente joven. Por alguna razón –o por muchas y sobradas–, se usa casi como una declaración de intenciones, un eslogan de malentendida rebeldía que hasta pretende sonar cool . Un error.

Siempre he creído que a nadie deberían importarle más las decisiones políticas que marcan el rumbo del país que a “las nuevas generaciones”.

A los que tenemos por delante la construcción del resto de nuestra vida. No solo porque de ello dependerán las condiciones en las que nos va a tocar vivir, que pueden ser más o menos jodidas; sino porque las circunstancias nos otorgan una responsabilidad particular.

En la elección del 2010, los menores de 34 años representamos casi el 42% del padrón electoral, y un cálculo simple basado en las proyecciones de población del INEC , permite intuir que, para la elección del 2014, el porcentaje será similar. La conclusión no es temeraria: hoy en Costa Rica, quién alcanza la presidencia de la República, es una decisión que en buena medida recae en los jóvenes.

Sin embargo, la historia reciente aporta un dato poco alentador: el segmento que reporta mayor índice de abstencionismo es precisamente el de los veinteañeros. Por ejemplo, el estudio “Comportamiento del electorado costarricense” publicado por el TSE y la UCR en el 2010, analizó el comportamiento de los electores entre 1994 y el 2006, y encontró que tras un ímpetu inicial (a los 18 ó 19 años) el interés por ir a votar tiende a disminuir, y repunta cerca de los 30 años de edad.

Las razones que aportan los académicos son variadas: el efecto de los escándalos de corrupción, la pérdida de credibilidad del sistema, la crisis de los partidos políticos, etcétera.

Uno podría sumar otras: una mediocre educación para la participación ciudadana, el enfoque acartonado de la política por parte de la mayoría de los medios de comunicación, el poco carisma de candidatos insalvables, la escandalosa ausencia de resultados, y podríamos seguir.

Pero lo que resulta más inquietante no es necesariamente la ausencia de los jóvenes en las urnas. El voto es solo una de las formas de participación y de incidencia. Crucial, pero no la única.

Lo crítico es que la reacción sea la indiferencia, travestida de una suerte de inmunidad: “como no me importa, tampoco me afecta”. ¡A la mierda los pastores!

La rebeldía tenemos que enfocarla en la dirección correcta: en resistirnos a que sean otros los que decidan arruinar el futuro; y lo arruinen.

Publicado originalmente en la Revista Dominical de La Nación.